“Yo soy crítico de puros”, dijo el profesor el primer día de clase. Pero quizás esta no sea la mejor forma de comenzar. Porque esto va de tabaco. Quizás se debería empezar diciendo que las autoridades sanitarias advierten que fumar perjudica seriamente la salud y reiterar todos y cada uno de los mensaje contra el tabaquismo que aparecen impresos en las cajetillas de tabaco: el humo del tabaco daña a tus hijos, familia y amigos; fumar causa cáncer de pulmón; fumar provoca 9 de cada 10 cánceres de pulmón; fumar puede matar al hijo que espera; fumar aumenta el riesgo de impotencia; fumar daña tus pulmones; el tabaco daña tus dientes y encías; fumar provoca cáncer de boca y garganta; los hijos de fumadores tienen más probabilidades de empezar a fumar… Este reportaje puede incitar a fumar. Es inevitable: esto va de personas que defienden el placer de fumar puros. Por tanto, este reportaje puede perjudicar seriamente su salud. “Yo soy crítico de puros”, repitió el profesor antes de explicar la guía docente. La frase se me quedó clavada porque la dijo con la ligereza de quien afirma que le gusta el cine o que los fines de semana cocina para los amigos. Existen los críticos de cine, los críticos de teatro, los críticos de arte y, descendiendo a lo cotidiano, los críticos gastronómicos y los críticos de vino, y también otros críticos más exóticos: de café o de agua. Pero ¿críticos de puros? ¿Eso existe? José Bernardo San Juan, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos y uno de los pocos especialistas en cultura del tabaco en España, dice que sí.

Camina deprisa. Lleva una chaqueta ajustada de un tono gris verdoso y, debajo, un chaleco de plumas ultraligero que asoma justo por encima del cuello. Las gafas de montura fina le dan un aire de intelectual antiguo, de esos que podrían haber estado en el centro de una tertulia en un café madrileño de los años veinte, discutiendo sobre literatura mientras el humo de los cigarrillos de picadura y, por supuesto, de los cigarros puros, envuelve las horas. Nos sentamos en un pasillo tranquilo del Campus de Vicálvaro de la Universidad Rey Juan Carlos. El profesor Bernardo tiene clase en sesenta minutos.

—Me sorprendió cuando comentaste que eras crítico de puros —digo.

—No es habitual, no.

Y comienza a contar. Su voz tiene el tono de seguridad propio de quien está acostumbrado a narrar historias o a dar clase o las dos cosas. “El nuestro ha sido un país histórico de fumadores de puros —dice—. En España se ha fumado a lo bestia. Ahora el gran país fumador de puros es Estados Unidos”.

El profesor Bernardo dice que las primeras noticias sobre el tabaco proceden de los viajes de Cristóbal Colón a América y que en un primer momento a los conquistadores les pareció que las hierbas que fumaban los indígenas tenían un carácter demoniaco. Habla de la fábrica de tabacos de Sevilla, que hoy es la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, y del mito de Carmen, la cigarrera de Mérimée y de Bizet, que trabajaba allí manipulando las hojas de tripa para el relleno, el capote que sujeta la tripa, y la capa que la envuelve para obtener un señor puro.

José Bernardo dice que llegó al tabaco por la literatura: “En las páginas de Galdós se describe tanta felicidad cuando los personajes fuman que a mí eso me hizo fumar”. Nunca había tocado un cigarrillo y siguió sin tocarlo. Pero si descubrió el placer de los puros. Su primer puro fue un Montecristo nº 4, el habano más vendido del mundo. Tenía veinte años, estaba en segundo o tercero de carrera, y mientras leía a Galdós y a Eça de Queirós empezó a imaginar aquellos salones burgueses donde los hombres se retiraban después de la comida, se servían un brandy y encendían un buen cigarro. Entonces encendió su Montecristo nº 4. Este cigarro es el producto emblemático de la fábrica Montecristo. “Un puro excepcional —afirman en una web especializada— que se beneficia de una elaboración rigurosa y meticulosa, que tiene notas terrosas, herbáceas y especiadas, apuntaladas por una fortaleza evidente y un gran nerviosismo”. Y le gustó. “Fumar un puro no es fumar —afirma—. Es parar el mundo”.

Se ajusta las gafas, sonríe y dice que no tenía más vicios que la lectura, y que cuando terminó la carrera y comenzó a tener ingresos, pudo fumar con regularidad porque es una práctica cara. Y entonces llegó el deseo de saber más. “¿Uno cómo termina sabiendo de vinos? —continúa— Pues bebiendo mucho vino, observándolo, paladeándolo… A mí siempre me ha interesado esa contemplación de la comida, esa delectación. Lo mismo me pasa con los cigarros”. Esa curiosidad fue lo que le llevó a leer libros clásicos sobre puros, volúmenes especializados y, sobre todo, mucho libro antiguo de los siglos XVII, XVIII y XIX. “El mundo del cigarro es complejísimo. Hay muchas plantas, muchas técnicas, muchos estilos”, dice. Tradicionalmente, el cigarro más consumido en España ha sido el habano. Desde hace seis o siete años hay otros tipos de puros “muy interesantes” producidos en República Dominicana, Nicaragua, Ecuador, Brasil, México o los Estados Unidos. El profesor Bernardo dice que en España no existen publicaciones específicas sobre cigarros puros, como Cigar Journal, una revista internacional que se edita en varios idiomas desde hace treinta años, referencia mundial para aficionados. “Creo que la última persona que ha escrito regularmente sobre puros en un periódico español he podido ser yo”, afirma con naturalidad.

Preslava Milenova es una joven periodista que actualmente realiza el doctorado en la URJC.  En unos días viaja a Roma para una estancia de investigación y va algo acelerada. Lo primero que se percibe de ella es una larga melena rizada y lo primero que dice, riendo, es: “Mi pelo es una esponja y el humo se me queda pegado en los rizos”. El profesor José Bernardo —al que se refiere como “un gran amigo”— le dirige la tesis. Ella nunca había fumado. Hasta que en un viaje a Gran Canaria el profesor Bernardo se encendió un cigarro puro. Dice que pensó: “Buah, qué mal huele”. El profesor le ofreció uno y se dijo: “Venga, voy a probar”. Y probó.

—Me gustó.

Más allá del sabor, Preslava descubrió aquel día el valor del tiempo. “Fumar un puro no es como fumar un cigarrillo —dice—. Los pitillos te los fumas estresado. El puro lo fumas para buscar la tranquilidad dentro del ruido en que vivimos”. Habla de la media hora, a veces una hora, que le requiere fumar un puro, sentada en una terraza con un libro o paseando por El Retiro con sus auriculares escuchando música. “Ese ritual de paz dentro de un mundo caótico —dice— me sedujo más que cualquier otra cosa”. No fuma todos los días. Ni siquiera todas las semanas. Sus puros favoritos son de Canarias, de una fábrica que se llama La Regenta. “Son bastante más ligeritos que los de Nicaragua o República Dominicana”, aclara.

—Eres una chica joven, ¿qué reacción provocas cuando fumas en público?

—Para mis amigos es un poco “qué antigua es Preslava”, o “qué misteriosa”. Ver a alguien de 28 años fumar un puro es muy raro. O sea, como que es decimonónico. Mis amigas se lían cigarrillos. Imagínate fumar un puro.

De repente, se pone seria.

—Pero luego está la calle. La gente que no te conoce. Ahí la cosa cambia. A veces los hombres, sobre todo mayores, te miran raro. Es bastante triste lo que digo, pero yo me siento bastante sexualizada cuando fumo. Me miran como si fuese una femme fatale y te asalta el mismo sentimiento que cuando llevas una falda y te sueltan una grosería.

—Como una especie de Sara Montiel acosada…

—Es que siempre se ha asociado a la mujer fumadora de puros a esa mujer sensual. Si fumas puros, vas a seducir a los hombres, y así se ve todavía.

El profesor José Bernardo reconoce que el puro se ha percibido como algo eminentemente masculino. Sin embargo, apunta que la mujer siempre ha estado presente en la historia del cigarro puro. Al menos desde la época de oro, que se sitúa entre 1850 y 1950. “Los torcedores de puros eran mujeres en su mayoría —argumenta—. Y así se extendió la creencia de que las mulatas cubanas terminaban de elaborar el cigarro entre sus muslos. Esto las convertía en un objeto erótico, digámoslo así, de una sensualidad propia del Caribe”. La imagen flota en el pasillo vacío. El profesor Bernardo la deja reposar un momento antes de seguir. “Ahora hay algo nuevo —añade—. Han aparecido mujeres sommeliers de puros, empresarias tabaqueras y mujeres que fuman porque les gusta y no para que alguien las mire”. Preslava Milenova no está tan segura de que las cosas hayan cambiado tanto. “En los eventos y presentaciones de puros —dice— apenas hay mujeres. Y las que hay, van como acompañantes de sus maridos”.

La estanquera del barrio El Cañaveral es propietaria de dos estancos. El de Las Rosas, que gestiona desde hace doce años, y este de El Cañaveral, que se inauguró hace solo tres. “En estos años —dice, y su voz adquiere un énfasis profesional—, solo hemos tenido una clienta mujer que consumía buenos puros de gama media”. La estanquera de El Cañaveral dice que las clases populares ya no fuman puros y que han quedado relegados a una élite de perfil conservador.

El profesor Bernardo se ajusta las gafas de intelectual antiguo con un gesto mecánico. Busca algo en el aire con la mirada. Cuando lo encuentra, dice:

—El puro está en franco retroceso. Las razones son múltiples: leyes antitabaco, cambios sociales, encarecimiento del producto, transformación de los hábitos de consumo. Este desplazamiento ha transformado su significado. Fumar puros se entiende como una prerrogativa de gente con dinero. Hasta el punto de que políticos como el exministro socialista Alfredo Pérez Rubalcaba evitaban ser fotografiados fumando para no generar polémica.

Se detiene. Me escruta con la mirada. Como percibe mi interés, continúa:

—Sin embargo, durante décadas, el puro fue de consumo transversal. Obreros, mecánicos, comerciantes… Todos podían permitírselo en determinados momentos. Hoy, en cambio, el precio marca una frontera. Un buen puro puede costar entre cinco y quince euros, pero no es raro encontrar piezas que superan los cien. En las buenas cavas encuentras cigarros de ciento cincuenta a doscientos euros, pero los más caros son los que se subastan. Tú puedes ir a una casa de subastas y comprarte un Picasso, un Goya, una botella de vino Château d’Yquem de 1800 o unas cajas de puros con un valor de mercado de hasta cinco mil dólares. El puro, como sucede con el vino, se conserva muy bien. Puedes comprar precastros de hace más de setenta años, previos a la revolución cubana, y fumártelos perfectamente.

El profesor Bernardo mira su reloj. La clase comenzará en unos minutos. Le digo que ya terminamos y le pido una última anécdota.

—Nos sentamos solos en un banco a la vista del escolta. Pérez Rubalcaba ya estaba muy enfermo —dice. Se detiene un segundo. No sé si es porque se emociona o simplemente para ordenar los recuerdos. Luego, continúa:— Le acababa de regalar una caja de puros por su asistencia a un acto que había organizado. Al verla, dijo: ¿Te puedo pedir un favor? ¿Por qué no nos fumamos uno ahora? Rubalcaba había dejado la política poco antes. Fumamos en el banco. Sin prisas, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, conversando entre el humo del cigarro como si ya fuéramos amigos. Tres meses después murió.

José Bernardo, crítico de puros, deja esa imagen suspendida en el aire antes de irse. Camina a paso rápido por el pasillo. Llega tarde a clase.

Cruzo la puerta de salida del edificio departamental. Inevitablemente, tengo ganas de fumar. Me enciendo un cigarrillo. Lo saboreo lentamente. No es un puro, pero en un mundo acelerado, detenerse es un lujo. Algo así me ha dicho el profesor. Pero quizás esta tampoco sea la mejor forma de terminar el reportaje. Las autoridades sanitarias advierten que fumar perjudica gravemente la salud. Apago la colilla en el cenicero. Toso. “Tengo que dejar de fumar”, me digo.

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