Una anciana octogenaria sale del portal del 103 de Príncipe de Vergara, donde nos hemos apostado. Lleva un bastón y camina con dificultad. La abordamos justo cuando abre la puerta.
—Perdone, ¿tiene un segundo?
—La verdad es que no.
—¿No? ¿Le pilla muy mal? Es una cosa muy rápida.
—Me pilla muy mal. Tengo que ir al banco y no tengo más remedio que…
—¿Le podemos hacer una pregunta mientras la acompañamos?
—Sí.
—¿Usted lleva viviendo mucho tiempo en el edificio?
—Sí.
—Estamos haciendo un reportaje sobre una persona que vivió aquí. Un escritor norteamericano. Se llamaba Frank Yerby.
—Sí, vivió aquí.
—Vivió, por lo visto, en uno de los dos áticos, ¿no?
—Sí.
—¿Usted lo conoció?
—Era un hombre no muy alto. Tampoco gordo. Pero, a ver, yo era muy joven y no me acuerdo muy bien. Leí algún libro suyo y a lo mejor me lo encontré en el ascensor.
—¿Tiene alguna idea de él? ¿De cómo era?
—Debía ser el año sesenta. O cincuenta y… No, a ver… El cincuenta y nueve o el sesenta. Yo creo que sí que lo conocí, pero hace tanto tiempo que ya no me acuerdo.
La lluvia cae sobre el cementerio de la Almudena. En sus ciento veinte hectáreas de extensión hay enterradas cinco millones de personas. Más que habitantes tiene la ciudad de Madrid. Sin embargo, siguiendo las minuciosas instrucciones de una funcionaria del cementerio, no nos ha costado nada encontrar la tumba donde descansa Frank Yerby. Está empapada y brilla. Bajo su nombre figura la palabra escritor. Algo que define toda una vida. La tumba es tan sencilla como la inscripción, sin cruz, con acabado en granito pulido. “Era agnóstico, pero, sobre todo, ecléctico —dirá su sobrino político, Ramiro Calle, unos días más tarde—. Tomaba de cada cosa lo mejor”. Hace treinta y tres años, un domingo 30 de noviembre de 1991, la mujer de la que Fran Yerby se enamoró, Blanca Calle, y algunos familiares cercanos fueron los únicos asistentes al entierro del escritor norteamericano. La ceremonia fue austera, “acorde con la manera que él tenía de entender la muerte, como una cosa natural para la que todos vivimos”, le explicó Blanca Calle a la prensa por aquellos días. La mujer de la que Frank Yerby se enamoró está enterrada junto a él. Esto también define toda una vida. Hay otra inscripción con su nombre y la fecha de su fallecimiento. Murió seis años después que su marido. A los pies de la tumba hay una jardinera con el mismo acabado en granito en la que alguien ha colocado algunas flores de tela y que aparecen húmedas tras la llovizna.

Cuando Frank Yerby llegó a España a mediados de los años cincuenta, el Seat 1400 —el primer coche fabricado en el país— acababa de salir nuevecito de la fábrica de Barcelona, las obras de restauración del Teatro Real de Madrid concluían y la dictadura conseguía el ingreso de España en la ONU tras años de rechazo internacional. Madrid, pese a las fiestas exclusivas de Dominguín y Ava Gardner en el Chicote, era una ciudad gris a la que todavía le pesaba la miseria y el frío de la posguerra. Las cartillas de racionamiento habían desaparecido, pero la precariedad, el miedo y los silencios marcaban la vida cotidiana, mientras un clandestino Jorge Semprún, disfrazado de Federico Sánchez, preparaba la huelga general que acabaría con la dictadura y que nunca se produjo. Ese era el telón de fondo de la sociedad en la que Yerby decidió vivir, un lugar extraño para un hombre que ya era un escritor famoso en Estados Unidos, pero que aquí se refugió en el anonimato. Nadie lo reconocía y, sin embargo, todos se fijaban en su piel negra, un rasgo inusual en la monocromática España de los cincuenta, en la que a los negros solo se les veía retratados en las huchas petitorias del Domund. “Cuando mi tía lo presentó a la familia nos llamó mucho la atención porque era muy simpático, muy empático, muy cariñoso —dice Ramiro Calle—. Y, claro, también porque era afroamericano y tenía la piel oscura.”
El sobrino político se interrumpe al otro lado del hilo telefónico, como si algo que no vemos hubiera captado su atención. Y dice: “Y ahora, frente a mí, estoy viendo una de las primeras ediciones en España de Mientras la ciudad duerme”. Se trata del libro que colocó el nombre de Frank Yerby en la industria literaria a nivel mundial. Mientras la ciudad duerme es el título de la traducción española. La publicó la editorial Planeta en 1949 cuando la dirigía su fundador, José Manuel Lara, quien construiría su imperio impulsado en los inicios por el éxito de este libro y de otros posteriores del autor estadounidense. Al menos eso es lo que afirma Calle. La edición original, titulada The Foxes of Harrow, se publicó en 1946 en Nueva York, ciudad a la que dos años antes Yerby se había mudado junto a su primera mujer, Flora, y sus tres hijos, Jacques, Nikki y Faune. Hasta entonces, Frank Yerby se ganaba la vida en una fábrica de motores para aviones, la Ranger Aircraft Engines. A pesar del racismo que sufrió durante su juventud en Augusta, en el sur profundo de Estados Unidos, donde nació, logró destacar como estudiante y comenzar un doctorado en la Universidad de Chicago, aunque no pudo terminarlo por falta de recursos. En una carta que el escritor afroamericano envió a su biógrafo, James L. Hill, se puede leer: “Viví (exiliado sería una mejor palabra, porque me sentía espiritualmente ajeno y como un extraño, en una tierra totalmente extranjera) en Augusta, de 1916 a 1936”. Migró al norte convencido —según confesó con ironía en la misma carta— de que encontraría algo mejor, pero allí también se topó con discriminación. Esa decepción se convirtió, años después, en una de sus motivaciones para narrar sus historias sobre la vida en el sur y, según dice su biógrafo, para abandonar los Estados Unidos.
The Foxes of Harrow, que vendió millones de ejemplares y fue adaptada al cine, convirtió a Yerby en el primer escritor afroamericano de best seller. “El primer manuscrito de la novela fue un completo fracaso”, dice Ramiro Calle. Ha guardado silencio unos segundos, buscando cierto suspense, como diciendo: “y ahora voy a contaros cómo lo convirtió en best seller”. Y efectivamente, lo hace: “Mi tío ordenó a su secretaria, una persona muy poco formada, que quitase todo lo que a su juicio sobrara. Luego, lo revisó, buscó otra editorial y entregó la nueva versión, que alcanzó el éxito que todo el mundo conoce”. Ramiro Calle también es escritor. Publica, sobre todo, libros relacionados con el yoga, una disciplina de la que, tras sus primeros viajes a la India en los años setenta, ha sido uno de sus divulgadores en España. “Muchas veces se sentaba conmigo para hablar de literatura —dice—. Me corregía, me enseñaba. Él con tanta experiencia, yo con mucha menos”.
La primera vez que Frank Yerby llegó a Madrid fue para presentar uno de sus libros. Venía de Niza, donde residía junto a su familia desde 1955, y en cuanto la vio se quedó prendado de ella. De Blanca Calle, su intérprete española, empleada como secretaria de una corporación militar estadounidense. “Ella era una mujer sensual, atractiva y con una enorme facilidad para los idiomas —dice Ramiro Calle. Luego, ríe y añade:— Lo primero que pensó al verle fue que era feo y que no le gustaba”. Sin embargo, unos meses después se convertiría en secretaria, traductora, investigadora, gerente general y esposa del escritor. Se casaron en México y fijaron su residencia en Madrid. Para entonces Yerby ya se había divorciado de su primera mujer. La revista estadounidense Jet Magazine dio cuenta de las dos cosas en una nota de sociedad: “El célebre autor Frank Yerby, quien según Who’s Who in America se divorció de su primera esposa, Flora, en 1956, reveló que se ha vuelto a casar al dedicar su decimotercera novela a Blanquita Calle-Pérez. La dedicatoria decía: «Para Blanquita, mi esposa, con amor y gratitud». Se cree que la pareja reside en España. El libro, The Serpent And The Staff, ocupa el primer puesto en la lista de los más vendidos”.

“Él nos hizo saber que tenía hijos de un primer matrimonio, pero nunca hablábamos de ese tema”, dice Calle y apunta que lo evitaba porque había querido romper con su pasado. “Rara vez compartía aspectos personales, incluso con los más cercanos”, dice. Luego, coge aire porque quiere extenderse:
—Cuando alguien ha dado un cambio de vida total, cuando alguien de repente ha roto con la vida anterior, cuando alguien se ha querido emancipar de ella y ha dado comienzo a una nueva vida en un nuevo país, es muy molesto cuando los periodistas quieren chequear cosas de las que no quieres hablar. Que si su primera mujer, que si sus hijos, que si por qué había abandonado Norteamérica, etcétera. Y es que es así. Como escritor, yo también he tenido que padecer muchas veces intromisiones en mi vida personal.
Yerby no era dado a conceder entrevistas. Son contadas las publicadas en sus casi cuarenta años de residencia en España. En una entrevista para El País Semanal, en el 83, lo justificó diciendo que lo que importa de un escritor no es su vida, sino sus obras. En el programa Estudio Abierto, frente a José María Íñigo, dijo que todo lo que tenía que decir estaba en los libros. “Mi tía, en cambio, era impulsiva, vehemente —señala Calle—. Era la contraparte de un hombre tranquilo y siempre sereno que se vino a vivir a Madrid, una ciudad entonces sin opciones culturales y que seguro le resultaba ajena, porque se enamoró de Blanca”. No tuvieron hijos, pero eso no fue un problema. “Siempre estuvieron juntos —añade con ternura—. Y tenían dos perros a los que consideraban sus hijos”. Y vuelve a coger aire y arranca en un nuevo monólogo:
—Entonces Frank cobraba muchos derechos. Tenían medios económicos para viajar por todo el mundo. Francia, Londres, Amsterdam… Y como no tenían hijos, podían dedicarse por completo el uno al otro. Él estaba prendado de ella. Y ella de él. Un auténtico flechazo. Y eso que ella, cuando le conoció… Se puede contar porque nos lo ha contado a todos en público. Ella dijo: “Es feo, no me gusta”. Y, sin embargo, vivieron enamorados los treinta y cinco años que estuvieron juntos, como si fueran personajes de una novela romántica escrita por el propio Frank Yerby.

El matrimonio se instaló en un lujoso ático en el número 103 de la calle Príncipe de Vergara. En un reportaje de sociedad publicado en 1966 en la revista estadounidense Ebony, se describe así: “Felizmente casado —por segunda vez— con una mujer española bonita y bien educada, Yerby vive en el ático de un enorme edificio de apartamentos en una elegante zona de Madrid”. Allí los visitaba con frecuencia un adolescente e inquieto Ramiro Calle, que hoy tiene 83 años, ocho más que Yerby cuando murió. En el piso de la pareja también vivía Consuelo, la madre de Blanca, y por ello fue durante años el punto de encuentro familiar. “El ático de mis tíos tenía piscina —dice Calle, y puede que sonría con cierta picardía—. Mis dos hermanos y yo no solo íbamos a visitar a nuestra abuela”.
En el portal del 103 de Príncipe de Vergara, Carlos, el conserje de la finca —que lleva aquí desde 1993—, dice que no tiene constancia del paso de Frank Yerby por el edificio.
—Es la primera vez que oigo ese nombre —dice.
—Vaya.
—Pero uno de los áticos lo ocupó el torero Antonio Bienvenida.
—Ya.
Nos mira impasible.
En ese momento una anciana octogenaria que camina apoyándose en un bastón sale del edificio. La abordamos justo cuando abre la puerta.
En la fachada del 103 de Príncipe de Vergara no hay ninguna placa que indique que allí vivió el célebre escritor afroamericano. Parece una injusticia. Frank Yerby vendió más de cincuenta millones de libros en todo el mundo y las traducciones españolas de sus treinta y tantas novelas lucieron sus llamativas cubiertas en cuché en los muebles de salón de innumerables hogares españoles. Desde su llegada a España, Frank Yerby publicó un libro al año — apunta el escritor y experto en cultura popular Hernán Migoya— y fue ampliando sus temas “a dramas de época en coyunturas históricas como la revolución francesa e incluso al fresco contemporáneo, como cuando se ocupa de la Transición Española en Una rosa para Ana María”. Ramiro Calle revela el secreto de tan prolífica producción: “Frank pasaba doce horas al día escribiendo en su despacho del ático, rodeado de sus libros, sus manuscritos y las ediciones de sus novelas en varios idiomas”.
Entre libro y libro, Yerby habla con su sobrino de novelistas y poetas norteamericanos —“sobre todo de Walt Whitman”, apunta este— y de escritores rusos “porque le gustaba la novela densa e intensa”. Calle lo solía visitar después de sus viajes orientales y dice que a Yerby le fascinaban las historias sobre la India, y que solía intervenir en la conversación con una observación aguda o una enseñanza literaria. También dice que era un apasionado de los aparatos electrónicos y disfrutaba experimentando con lámparas y grabadoras, fabricando extraños dispositivos que luego formaban parte de la decoración del salón, del recibidor o de la cocina. “Compensó la ausencia de vida cultural en Madrid con el refugio de su piso maravilloso”, concluye Calle.
La lluvia no ha evitado que los vendedores ambulantes monten sus puestos de flores en la entrada del cementerio. En la oficina, la funcionaria nos mira diligente.
—¿En qué os puedo ayudar?
—Queríamos saber si está enterrada aquí una persona.
—¿Nombre?
—Frank Garvin Yerby.
La funcionaria pulsa el teclado del ordenador con la delicadeza de una pianista. Al momento, levanta la cabeza y nos mira.
—No aparece.
—¿No aparece?
Teclea de nuevo. Esta vez un tanto abruptamente, como si se le resistiese una tecla del piano o la nota sonase desafinada.
—No aparece —repite.
—Pruebe con otro nombre. Blanca Calle.
La funcionaria sonríe satisfecha.
Seguimos sus indicaciones y, en uno de los puestos de flores del acceso a la parte antigua del cementerio, compramos unos claveles blancos.
La última vez que Ramiro Calle habló con su tío era jueves por la mañana. No recuerda de lo que hablaron, pero sí que no detectó en él ningún indicio de lo que iba a suceder. Esa misma tarde, el escritor condujo su propio coche hasta la Clínica Ruber Internacional porque no se encontraba bien. “Sentía un dolor tremendo en el pecho —dice Calle—, un preinfarto o ya un infarto”. Al día siguiente murió en el hospital.
En el camino hacia la tumba de Frank Yerby y Blanca Calle se alternan grandes mausoleos con zonas descuidadas, donde regueros de agua transcurren entre las lápidas incrustadas en el suelo, amenazando su estabilidad. Al final de un sendero, una fina pátina de agua de lluvia hace brillar el granito pulido de la tumba compartida. Cuando llegamos a su altura, depositamos los claveles blancos sobre ella. “Al morir él, mi tía se aisló —nos dijo Ramiro Calle—. Toda su vida pivotaba en torno a Frank Yerby. Y es que no se separaban nunca”. Los claveles se empapan lentamente y adquieren una textura extraña, como si un fluido de taxidermista las embadurnara y las fuera a fijar allí, bajo los nombres de la pareja, para toda la eternidad. Y en este momento, en medio de este basto cementerio donde hay enterrados más de cinco millones de personas, uno siente que la injusticia de que a nadie se le haya ocurrido poner una placa con el nombre de Frank Yerby en el edificio donde vivió o que ya nadie lo recuerde, ni siquiera la octogenaria del quinto izquierda con la que se cruzaba en el ascensor, deja de tener la más mínima importancia.





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