Si uno guarda silencio en mitad de un viñedo manchego, justo cuando el sol de la tarde empieza a dar tregua, escuchará algo más que el viento sacudiendo las cepas. Oirá una mezcla de idiomas que hace treinta años habría parecido de ciencia ficción. Rumano, darija, wólof, el acento cálido del castellano latinoamericano y el castellano propio de la zona ahora se entremezclan en los pueblos de la llanura infinita. La España vaciada lleva años llenándose de nuevos vecinos procedentes de distintos países. Si se atiende a los últimos datos demográficos del Instituto Nacional de Estadística (INE), los nacidos en el extranjero suponen ya más del 20% de la población residente en España. Pero el verdadero cambio tectónico no está en quienes llegaron con la maleta, sino en la generación de sus hijos.

Para entender el alcance de esta transformación no basta con mirar estadísticas o números. Hay que mancharse las botas de polvo y barro.

La historia de Primitivo Manuel Aguirre, vecino de Bolaños de Calatrava (Ciudad Real), desmonta cualquier prejuicio sobre la eterna precariedad del recién llegado. A sus 47 años, este orgulloso hondureño camina con la seguridad de quien pisa suelo propio. Primitivo llegó con lo puesto hace diecisiete años desde Trujillo, una pequeña ciudad costera del Caribe hondureño. Vino empujado por un amigo y frenado por la falta de papeles. Su suerte cambió gracias a Jacinto Pérez, un agricultor local que vio en él a un trabajador, no un problema administrativo. Hoy, le ha dado la vuelta a la tortilla. Primitivo ya no pide chamba, la da. Dirige su propia empresa de servicios agrícolas que cuenta con una plantilla de quince trabajadores, entre los que se encuentran hondureños, colombianos y bolivianos.

Su vida personal es el otro pilar de su arraigo. “Me casé con una boliviana que conocí aquí —dice—. Gracias a Dios tenemos tres hijos y podemos alimentarlos”. Su mirada se endurece al hablar del futuro: “Mire, yo me he asoleado la vida entera y me he partido el lomo jalando cajas para que mis hijos no tengan que hacerlo”. Cuando llega a casa y ve al mayor con los libros, asegura que se le quita el cansancio. Le insiste en la importancia del estudio y admite: “No quiero que hereden la azada, quiero que hereden la oportunidad que allá no tuve”.

Sus hijos, con triple nacionalidad en el pasaporte —española, hondureña y boliviana—, son la viva imagen de la globalización manchega. La ambición de Primitivo no es un caso aislado. El 77 % de los padres inmigrantes aspira a que sus hijos lleguen a la universidad, una cifra altísima que actúa como motor de ascenso social, según un estudio publicado en la revista Panorama Social, editada por Funcas, un think tank dedicado a la investigación económica y social. Y funciona: aunque los padres de la primera generación suelen tener niveles educativos bajos, sus hijos están logrando resultados académicos equiparables a los de los nativos, rompiendo el techo de cristal que frenaba a sus progenitores.

En Tomelloso, el hombre al que llamaremos Rachid pide ocultar su verdadera identidad por un motivo de peso: en un pueblo donde todos se conocen, dar la cara para denunciar lo que sufren sus hijas o la conducta de algunos jóvenes puede salirle caro. Llegó hace más de una década desde Saada, un pueblo cercano a Marrakech. Hoy, a sus 39 años, regenta un pequeño bazar. Cumple religiosamente con sus ritos, va a la mezquita y mantiene su fe. El problema no es suyo, dice, sino de un entorno que a veces se siente como una lija. “Yo bajo la cabeza y trabajo, no molesto a nadie —confiesa mientras coloca unos juegos de té en los estantes—. Pero cuando mis niñas llegan llorando porque se burlan de su hiyab, me hierve la sangre”. Y añade: “No crucé el mar para que las insulten, sino para que estén seguras”. Las hijas estudian en un instituto local, pero no han conseguido una integración plena. Cargan con la mochila invisible y pesadísima de la estadística: el 80,8% de los menores de origen marroquí en España camina por el alambre de la exclusión social o la pobreza, según indica la tasa europea AROPE, el doble que la de sus compañeros de origen ecuatoriano (41,5%).

Para Rachid, su lugar seguro sigue siendo el viaje anual a su pueblo de Marruecos, un cordón umbilical que se niega a cortar por miedo a que el sueño español se convierta para sus hijas en una pesadilla de la que no puedan despertar.

El viaje de Ibrahima Sylla, de Malí, comenzó en una patera y pasó por el purgatorio de la estancia en Ceuta. Luego, sobrevivió precariamente gracias a la venta ambulante en la costa malagueña. Ahora vive en Ciudad Real y cuenta su historia con orgullo: “Cuando llevas la manta, eres invisible o eres un problema. Nadie te mira a los ojos, solo miran las zapatillas o las camisetas. Ahora, cuando monto el puesto en la feria, las señoras me preguntan por mi salud y me encargan bolsos para la nieta”. Una sonrisa enorme y blanca rompe la seriedad de su rostro. Luego señala hacia su furgoneta, donde una mujer revisa facturas: “Ella me enseñó que mi casa no es donde nací, sino donde me quieren”.

Ibrahima es hoy un feriante legal que recorre los pueblos de Castilla-La Mancha, Extremadura y Andalucía. No está confinado en ningún gueto agrícola. Se mueve, vende, vive. Y se enamora. Su relación con una mujer española es una auténtica rareza que choca con la frialdad de los censos y estadísticas. Según los datos de la Encuesta de Características Esenciales de la Población y Viviendas del INE, analizados por la profesora de la Universidad Pompeu Fabra Clara Cortina, las personas de origen africano registran los niveles más bajos de emparejamiento con la población autóctona, a años luz de los latinoamericanos o los europeos.

En Villarrubia de los Ojos, la historia de Alexandra Popa y su familia representa otra tipología de inmigración. El pasaporte burdeos de la UE les ahorró librar la guerra burocrática a la que se enfrentan inmigrantes africanos como Ibrahima o Rachid. Los Popa llegaron de Brasov, Rumanía, tras el colapso de la era Ceaușescu. El marido, Viorel, carpintero de oficio, surfeó la ola del ladrillo haciendo puertas para chalets hasta que la burbuja estalló en 2007. Lejos de rendirse, cambiaron la sierra por la barra del bar. “Aquí nadie nos ha regalado nada, pero tampoco nadie nos ha quitado nada —dice mientras seca un vaso con el sello de Mahou a punto de borrarse—. Cuando la obra paró, no nos desanimamos. Al final siempre nos hemos buscado la vida”. Su mirada se suaviza al señalar una foto de “sus chicos” tras la barra: “Nuestras manos están llenas de callos para que las suyas solo toquen libros y salgan a jugar. Ellos no van a poner copas ni a cargar sacos de cemento”.

La familia Popa tiene un secreto para su integración: la religión y la discreción. Son devotos, sus hijos van a catequesis y participan en cada fiesta patronal. Para los vecinos, son unos más del pueblo. Rumanía ya solo es un destino de vacaciones cada dos o tres años, un lugar que visitan con una mezcla de cariño y alivio por haberse ido. “No hay gente joven, hay mucha corrupción y las calles están masacradas”, se lamenta Alexandra.

Lin Weidong vino de Fujian (China), aunque aquí, en las calles de Puertollano, todos lo llaman Toni. Vive detrás del mostrador, en un horario que parece no tener fin. Los hijos de Lin, en cambio, rompiendo el mito asiático, se han alejado de la tienda. Tocan varios instrumentos, practican fútbol, tenis y natación y despiertan el entusiasmo del público en el conservatorio y los clubes deportivos de la provincia. Su padre dice que no se preparan para ser comerciantes, sino ingenieros o médicos. En España, aunque el acceso a la universidad de la segunda generación de migrantes es menor que el de los nativos, según se desprende del estudio publicado en Prisma Social, grupos como el asiático desafían la norma y utilizan la educación como una palanca de ascenso social. “La mejor inversión no es la mercancía, es la cabeza de nuestros hijos”, dice Lin Weidong con seriedad, mientras hace inventario en una libreta gastada.

Cuando en la llanura infinita el sol cae sobre el viñedo o sobre el asfalto del polígono, Primitivo apaga el motor del tractor, Ibrahima aparca la furgoneta, Alexandra recoge la terraza del bar, Lin Weidong cierra la caja registradora de su tienda y las hijas de Rachid sueltan por fin una mochila que pesa muchísimo más que los cuadernos. Sus vidas, cruzadas por el azar, los códigos postales y unas fronteras que no miden a todos con la misma vara, tejen la nueva realidad de esta tierra. Quizá el futuro siga siendo incierto y el arraigo cueste sangre, sudor y lágrimas. Pero aquí están, son los nuevos manchegos. Y mañana, cuando el viento vuelva a sacudir las cepas, el murmullo que se escuche en las calles será, simple y llanamente, la voz de su propia casa.

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