En la terminal de Moscú Yaroslavsky la atmósfera es casi literaria. Los destinos que aparecen en pantalla resultan ajenos, remotos, y evocan viajes de novela decimonónica: Cherepovets, Kostroma, Vorkutá, Múrmansk. Uno tiene la impresión de que en cualquier momento puede asistir a una cita clandestina entre Ana Karenina y el conde Vronsky o contemplarla a ella frente a las vías, sola con su vestido blanco, angustiada, decidida y anacrónica, esperando la llegada del tren para poner fin ficticiamente a su vida mientras fuera, en el mundo real, a poco más de mil kilómetros de Moscú, la guerra real siega la vida de tantas personas reales, rusas y ucranianas. Sin embargo, a pesar de la guerra, en el país invasor los comercios abren sus puertas, los médicos pasan consulta, las cafeterías siguen sirviendo desayunos y los trenes pasan a su hora. Por megafonía anuncian que el tren número 002 —nuestro tren— partirá a las 01:10 horas del andén número 4. Aquí, en Rusia, a nuestro tren lo llaman Expreso Rossiya, pero en el resto del mundo se conoce como el Transiberiano. El tren con mayor recorrido del planeta —los 9288 kilómetros que separan Moscú de Vladivostok— circula sin interrupción desde 1905 por el país más extenso del mundo. El recorrido completo se realiza en poco más de una semana —un avión cubre la misma ruta en nueve horas—, una alternativa para los aerófobos, los nostálgicos o los trastornados. O alguna extraña combinación de las tres cosas.

Etapa 1: Moscú – Ekaterimburgo

En la puerta de cada coche, una literista recibe a los viajeros solicitándoles el billete y la documentación. Todas las literistas del tren tienen el mismo tosco perfil: unos 60 años, grandes y anchas, pelo corto, vestimenta de azafata y acentuado carácter militar. La que nos ha tocado en suertes porta una tarjeta identificativa con su nombre: Irina. A Irina se le dilatan las pupilas al ver la cubierta de nuestro pasaporte español. Busca algo entre los sellos y los visados y parece detenerse en el de Bosnia, lleno de caracteres cirílicos. También observa la grafía de nuestros nombres con asombro. Nuestros dos apellidos son para ella una cosa extraña en un mundo dominado por la antroponimia del apellido único. “Dva sloba!” (¡Dos palabras!), nos recrimina con una sombra de sospecha en los ojos. Como no habla inglés, es difícil explicarle nada. Se muestra nerviosa. Nosotros también. Es mal momento para acoger extranjeros en un tren. Pregunta a sus compañeras, toma fotografías de todas las páginas del pasaporte y estudia minuciosamente los billetes y la carta de inmigración. Finalmente, comprende que no hay razón para dejarnos en tierra: no tenemos sellos ni visados ucranianos o americanos. Subimos al tren.

A través de las ventanas vemos que atravesamos un lugar llamado Pervushino. El contraste con Moscú es brutal. De los rascacielos y el bullicio de la gran ciudad no queda nada. Atravesamos pueblos minúsculos, llenos de tractores y casas pequeñas de chimeneas humeantes. Amanece y parece que hemos cambiado de país. Desde el interior del tren, bien calefactados y en manga corta, se observa cómo el sol derrite la nieve mientras pasan las horas. Los viajeros hacen vida dentro de sus compartimentos. Leen, escuchan música o ven alguna película. Una empleada del tren interrumpe el silencio cada cierto tiempo pasando una aspiradora por los rincones del vagón.

Apenas son las seis de la tarde y ya es noche cerrada. El tren se detiene en Kírov. Una parada de veinte minutos para estirar las piernas. Irina, nuestra literista, que ahora lleva un gorro peludo, vigila desde la puerta, con las manos apoyadas en la barriga, que nadie se aleje demasiado de su coche. En el andén, en medio de montañas de nieve, se levantan pequeños puestos de alimentación donde algunos viajeros hacen acopio de fruta y de comida casera como alternativa barata al menú del coche restaurante.

De madrugada nos despiertan las farolas de la estación de Perm 2. No hay motivos para saber por qué nuestro tren ha elegido parar en Perm 2 y no en Perm 1 o en Perm 3. Los relojes de la estación anuncian silenciosos que en una noche hemos avanzado dos husos horarios. Sube una pareja de ancianos a nuestro compartimento. Serán nuestros primeros compañeros de viaje. Pero son poco comunicativos. No solo con nosotros. Apenas se dirigen la palabra entre ellos.

El tren navega veloz y por la ventana solo se ve la nieve que espolvorea en el aire la velocidad de la locomotora, esparciéndola en la taiga infinita. En el restaurante nos sirven té y huevos duros con un pan negro muy blando. Tras el desayuno, el tren aminora su velocidad, probablemente porque le rebosen las horas en su horario (los ferroviarios llaman “colchón” a esto que hacen sus empresas para recuperar posibles retrasos de los trenes), y penetramos en la capital de los Urales a velocidad de paseo.

Etapa 2: Ekaterimburgo – Irkutsk

Un imponente letrero rojo —Vokzal (Estación)— contrasta sobre el blanco de la nieve que surge en todas partes como en borbotones. Ekaterimburgo es la entrada en el continente asiático. A lo lejos, más allá del letrero rojo, vemos llegar nuestro tren. Es el tren 002. Un convoy diferente que cubre la misma relación Moscú-Vladivostok. Sigue la misma marcha, paradas y pasos de nuestro tren del día anterior. Por ello, comparte número con él, aunque le persiga a una jornada de distancia. De Moscú sale un tren a Vladivostok cada doce horas, como sucede también a la inversa, y la ruta se cubre en unos siete días. Eso arroja el resultado de veintiocho trenes transiberianos circulando simultáneamente. La literista nos recibe en la puerta envuelta en un enorme abrigo que solo deja al descubierto sus ojos azules. Hace demasiado frío como para juzgar si somos merecedores de entrar en su tren por tener un apellido de más en el pasaporte. Al embarcar, la nieve acumulada en la ropa se transforma en agua en pocos segundos.

El almuerzo se sirve en el compartimento. Menú: filete ruso y ensaladilla rusa. Allí se llaman kotleta y ensalada Olivier, como nosotros llamamos tortilla de patatas a lo que en latitudes superiores a la de los Pirineos llaman spanish tortilla. Disfrutamos de nuestros platos con los dedos aún entumecidos mientras nos adentramos en lo que ya se considera Siberia. El tren avanza a toda prisa, aunque el paisaje siempre es el mismo: abetos deshojados, niebla y de vez en cuando alguna ciénaga. Y nieve, nieve en todas partes. Nieve en los troncos y las ramas de los árboles, nieve en el suelo, nieve en el aire. Agitándose al paso del tren y solidificándose en el suelo, congelada sobre los lagos helados y derretida en las escaleras de nuestro tren.

Nos detenemos en Tiumén. Veinte minutos para estirar las piernas en un andén teñido de blanco. Hay que bajar a descansar, puesto que la próxima parada será en quince horas y dos husos horarios más al este. Un nativo del lugar nos da la bienvenida y cuenta orgulloso que la momia de Lenin estuvo custodiada en la ciudad mientras los panzer de Hitler asediaban Moscú. Entre tanto, un zapador golpea con un martillo los bajos del tren. De ellos caen estalactitas como cuchillos sobre el lecho de nieve. Son las seis, pero ya es noche cerrada. Es hora de continuar el viaje.

Amanece en el Transiberiano. Dos literas de nuestro compartimento se han ocupado en algún trayecto intermedio de la noche, pero no hemos oído entrar o salir a nadie. Vamos a desayunar al coche restaurante. Nos impide el paso un operario que trabaja quitando nieve del paso entre coches. Hoy nos sirven tortilla y un pepino rebanado para desayunar. El café es tan fuerte que uno duda de que exista alma humana capaz de tragárselo.

El paisaje siberiano ahora es diferente. De la taiga hemos pasado a la estepa, de los árboles a los matorrales, del bosque al páramo. La llanura es inacabable y solo la interrumpen pequeños pueblos de casas de madera. Esto es la encarnación de la desolación, el escenario de un cuento de Chejov. Aquí yerra el espíritu de Dostoievski y la desesperación de Solzhenitsyn en el gulag. También Tolstoi condenó a Katia a trabajos forzados en este lugar.

Decidimos pasar la mañana en el coche restaurante. A mí me acompaña el libro Dersu Uzala de Vladímir Arseniev. En la mesa contigua se sienta un ruso de mediana edad. A él le acompaña una botella verde de alcohol destilado.

—¿De dónde sois? —pregunta.

—De España.

Abre mucho los ojos, como si eso fuera imposible en medio de esta nada helada.

—¿Y qué hacéis aquí?

—Disfrutar de tu país.

Se vuelve sobre su mesa y da otro trago. Es la forma eslava de responder sin palabras que no sabemos lo que hacemos.

El tren aminora su velocidad y se abre camino entre edificios y fábricas cada vez más numerosas y más grandes. Entramos en Novosibirsk. La estación también es enorme, reflejo de que estamos en la tercera mayor ciudad del país. En los pasillos de los vagones comienzan a acumularse maletas, bolsas y viajeros.

—Odin chas! —dice la literista.

Una hora de paseo o de descanso o algo así. Bajamos al andén y nos sorprende ver el empedrado sin nieve porque hace un frío espantoso fuera. El reloj digital del andén marca las 13:30 y apenas 18 grados bajo cero, por lo que sabemos que nuestros cuerpos mediterráneos no aguantarán mucho allí. Una procesión de militares, cargados con macutos y cajas, atraviesa la estación. Suben al tren a muchos coches de distancia del nuestro. Junto al suyo, en cola total, hay un vagón verde con ventanas protegidas con barrotes e inscripciones en algún alfabeto asiático que no es el chino. No nos dejan acercarnos. Sospechamos que se dirige a Corea del Norte porque hemos sabido que al Transiberiano se acopla un coche internacional que sale de Moscú cada tres semanas, los martes, con ese destino. De cualquier modo, preferimos tener Vladivostok como destino antes que Pyongyang, aunque ahora el frío sea inaguantable y se deslice por cualquier abertura de la ropa y entumezca la cara y la convierta en inexpresiva y hasta duela al sonreír. Tenemos que volver al tren.

Salimos de Novosibirsk. Empezamos a ser conscientes del tamaño de la ciudad por el tiempo que tarda el tren en atravesarla. Una eternidad, a pesar de que ha acelerado. Sobrevolamos avenidas infinitas llenas de edificios grises que se pierden en la niebla y en la nieve. Los rusos llaman Khrushchevkas a este tipo de edificios prefabricados que Nikita Khrushchov ordenó construir a lo largo y ancho de la geografía soviética. Se irguieron más de un millón de construcciones modulares que albergaron a tantas otras familias que pudieron presumir de tener una casa exactamente igual que la de cualquier otro compatriota del país.

Tercer día a bordo del segundo tren. Amanecemos con un hombre de enormes dimensiones en nuestro compartimento. Está profundamente dormido en su litera, donde casi no cabe, y no queremos despertarlo. Volvemos al restaurante a desayunar, aunque esta vez optaremos por té y no por café habida cuenta de la experiencia del día anterior. El tren serpentea entre los caminos escarpados de la montaña y el té amenaza con salirse de la taza en cada curva y en cada bache. La camarera no aguanta más. Nos observa desde que entramos al restaurante. Se acerca a hacernos la pregunta que nos hacen cada dos por tres en este viaje: “Atkuda ty?” (¿De dónde?) Le decimos que de Madrid y Barcelona. Su cara es de extrañamiento. La misma que ponen siempre los rusos que nos hacen la misma pregunta siempre. Estamos a tanta distancia de casa que aquí no se concibe que Madrid o Barcelona sean ciudades. Aquí, Madrid y Barcelona son sencillamente equipos de fútbol.

A media mañana el gigante de nuestro compartimento aparece en el restaurante. Viaja a Irkutsk, igual que nosotros. Nos invita a llevarnos en su coche a un lugar con mujeres y diversión. Tiene problemas para entender las respuestas negativas. Insiste en el asunto y bebe alcohol con la misma tenacidad. Nos costará deshacernos de él. Cuando lleguemos a Irkutsk, tendremos que abandonar el tren con sigilo y rapidez para que no vuelva a insistir en llevarnos a pasarlo tan bien como dice.

Etapa 3: Irkutsk – Vladivostok

21:00, misma hora de ayer. Aparece en Irkutsk el tren 002 procedente de Moscú y con destino a Vladivostok. El chirrido de los frenos pone fin al espectáculo visual de la entrada del Transiberiano en la ciudad más habitada de Siberia. El tren se detiene y comienza el hormigueo de viajeros por el andén buscando su puerta, entre ellos nosotros. Otra literista de aspecto militar nos da la bienvenida y entramos en el tren para completar los tres mil kilómetros que nos quedan hasta la costa.

Dormimos profundamente mientras rodeamos el lago Baikal. No nos percatamos de la larga parada en Ulán-Udé, donde se separan los coches finales de nuestra composición que se dirigen a Ulán-Bator, Mongolia. Despertamos en Petrovsk-Zabaikalski. Hora de desayunar. Ya hemos dejado Siberia atrás y nos adentramos en la región de Amur, zona húmeda y boscosa. Los brazos de Moscú no se extendieron a estos confines del continente hasta bien entrado el siglo XVIII. El imaginario ruso está lleno de historias sobre los comienzos de la exploración de esta zona. Mientras Estados Unidos libraba la Guerra de Secesión, en este lado del globo el zar Alejandro II enviaba a exploradores y guerreros a hacerse con esta región tan extensa que aún hoy no se conoce en su totalidad. Los pueblos, pequeños oasis en la inmensidad de la nada, distan cientos de kilómetros unos de otros. En esta zona remota de la Tierra cayó en 1908 el mayor meteorito registrado en todo el siglo XX. Arrasó dos mil kilómetros cuadrados de bosque, generó un movimiento sísmico registrado en estaciones geofísicas de todo el mundo y, cuentan los ancianos de Krasnoyarsk, a miles de kilómetros, que el cielo se iluminó durante varias noches seguidas. Pero a nadie le pilló cerca el mayor espectáculo celeste de la historia moderna. El meteoro cayó tan lejos de cualquier zona habitada que se tuvo que llamar con el nombre de un río que pasaba cerca: el Tunguska.

Pasamos el día en el restaurante. Reina un espíritu jovial, pero no exento de tensión. La gente habla fuerte y ríe fuerte, pero también discute fuerte. Los trayectos son largos, se pisa poco la tierra firme y muchos se aburren. Junto a nuestra mesa hay dos viajeros ebrios. Hablan un ruso laxo y meloso, muy bañado en alcohol. Uno dice algo de la madre del otro, el otro le grita al uno. Se tiran al suelo y empiezan a volar puñetazos. Uno cae boca arriba, el otro le agarra de la camiseta mientras le atiza golpe tras golpe. Los viajeros miran indiferentes. Se rompe un vaso. Decidimos irnos.

Acordamos que será mejor hacer vida en el compartimento, aunque sepamos que después de varios días se convierta en agobiante. Se pone el sol y vemos Chitá desde la ventana. No bajamos del tren por el frío, aunque la próxima parada sea Chernyshevsk, dentro de doce horas. Así atravesamos el este ruso: cruzando el río Amazar completamente congelado, bordeando la región de Manchuria hasta Skorovodinó y despidiendo a un perro callejero que contempla el paso del tren por Belogorsk. Cuando nos vamos a dormir, el termómetro del pasillo marca 22 grados en el interior y -27 en el exterior. La temperatura habitual de noviembre, en pleno otoño.

Amanece en el Transiberiano. Es el penúltimo día completo, quedan por delante solo dos noches. Ahora vamos apretujados en el compartimento. No llega a diez metros cuadrados y viajamos en él entre dos y cuatro personas. Como el coche restaurante no es solo un espacio para comer, sino una zona de liberación donde la vista puede descansar y ver más allá de los tres metros sin que medie en ello una ventana, volvemos a él para evitar la claustrofobia del compartimento. Hoy el desayuno es una excusa.

Nos sirven té y syrnikis, una especie de panqueques hechos de queso, con una mermelada a todas luces industrial. No han dado aún las diez y en nuestra mesa se ha sentado uno de los viajeros que protagonizaron la pelea. Su contrincante lo contempla desde una mesa cercana. Ya ha desayunado y muestra síntomas de estar completamente borracho. Uno y otro intentan entablar conversación con nosotros. Hemos podido entender que ambos han luchado en Kursk pocas semanas atrás y que insisten en preguntar nuestra opinión sobre la OTAN, pero les decimos que no comprendemos nada y sonreímos lo más amablemente que podemos. No parecen quedar satisfechos. Frases del estilo de Suka mater von der Layen pueden entenderse con facilidad, aunque uno no sea doctor en filología rusa. Los idiomas se asientan en regiones localizadas del mundo, pero las blasfemias tienen carácter planetario.

Queremos abandonar la mesa, pero nos cierran el paso. Dicen que quieren invitarnos a beber. ¿Buscan la excusa del alcohol para liarse a puñetazos con nosotros como hicieron entre ellos el día anterior? Rechazamos la invitación. Insisten. Volvemos a rechazarla. Ahora saben que algo de su idioma sí hablamos. Insisten y agudizan la retórica. Aparece la camarera con una botella de alcohol y nos pasa a nosotros la cuenta. Tres mil doscientos treinta rublos, treinta euros al cambio. Les pagamos la ronda, sonreímos y salimos pitando. No volveremos a pisar el restaurante.

Todo ello mientras entramos en Jabárovsk, la última gran ciudad del viaje antes de Vladivostok. La parada es larga, setenta minutos, aunque la experiencia en el coche restaurante nos invita a recogernos en la calidez del compartimento. El río Amur, el décimo más largo del mundo, atraviesa Jabárovsk. Desde la estación puede verse la ribera: su caudal y la distancia a la ribera opuesta hacen pensar que se trata de un lago o de un pequeño mar. El andén lo recorren viajeros muy diversos. La escena la contempla, sentado en un banco, un hombre con rasgos coreanos cubierto con una ushanka, un clásico gorro ruso artesanal.

Un hombre de mediana edad entra en el compartimiento. Viste humildemente, pero sonríe, algo extraño en este país. Se presenta como Egor y no tarda en sacar un tablero de ajedrez. Ese juego es internacional y su idioma, universal. Jugamos con él dos partidas. Perdemos las dos. Nos invita a una taza de té mientras nos explica que es funcionario del Ministerio de Medio Ambiente. Nos habla de sus recuerdos en Sochi, en el Cáucaso. Es, para él, el lugar más bello del planeta. Baja en Ruzhino, seis horas después. Nos quedamos solos en el compartimento en la última noche del viaje.

06:17 de la mañana, hemos entrado en Vladivostok. La literista nos despide desde la puerta. En la estación no nos espera nadie. Ni Ana Karenina ni el conde Vronsky. Pero aquí estamos. En el otro extremo del globo. Nos asomamos al Pacífico: es igual que cualquier otro mar. Bromeamos entre nosotros, ponemos los brazos en jarras como una madre y nos preguntamos: ¿a qué hemos venido aquí?

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