Se ha refugiado de la fina lluvia bajo el toldo de una librería cercana al Cine Doré, la sala de proyecciones de Filmoteca Española, donde hemos fijado la cita. No por nada en especial, sino porque le pilla cerca de casa. Mira el escaparate lleno de libros sobre cine con un cierto hastío vital que se extiende por ese rostro extraño que, en su agencia de representación, sección categorías, han catalogado como de “perfil atípico”.
—¿Sixto Cid?
—Sí, ¿tú quién eres? —dice.
—Soy el periodista que va a entrevistarte.
—Ah.
—¿Lucas ha llegado ya?
Sixto Cid mira de un lado a otro de la calle con la actitud indolente de un monstruo amable de película de terror. No ve a nadie. Dice:
—¿Qué quieres hacer concretamente sobre mí?
Le explico lo que pretendo. A lo lejos veo a Lucas Millán, que apresura el paso. Millán es el joven director con quien Sixto Cid acaba de rodar un cortometraje. Lleva por título provisional Actor sin éxito. Cuando llega a nuestra altura, Sixto Cid sigue sin comprender bien en qué consiste un perfil narrativo.
Pero no importa.
A Sixto Cid no le gusta contar su vida como si fuese una línea recta. En su relato, todo aparece en ráfagas emocionales: un colegio de curas, un trabajo tedioso en una multinacional, una conciencia política que ya había despertado en la adolescencia, una buhardilla en Lavapiés cuando el barrio todavía no era una postal de turismo alternativo y, de pronto, el teatro, el cine y la televisión, que se convirtieron en una manera de resistir y de estar en el mundo. Su interlocutor deberá interpretar las ráfagas con el contexto que ofrecen sus gestos, sus manos, determinado fruncir de ceño o un brillo irónico en unos ojos que a veces parecen hundirse en las cuencas y otras amenazan con desbordarlas. Como cuando dice:
—Soy una puta que disfruta de su trabajo.
Ha participado en dieciséis largometrajes, seis cortos, dos anuncios publicitarios, doce series y miniseries de televisión —Hospital Central, Amar en tiempos revueltos y Aquí no hay quien viva, entre otras—, dos videoclips musicales y multitud de obras de teatro que, dirá una y otra vez como un mantra, es lo que de verdad le apasiona. Ha trabajado a las órdenes de directores de la talla de Alex de la Iglesia (Muertos de risa, 1999 y Balada triste de trompeta, 2010, aunque en esta sin acreditar), Arturo Urrutia (Asesino en serio, 2002), Miguel Ángel Lamata (Una de zombis, 2003) y Santiago Segura (Torrente: el brazo tonto de la ley, 1998). Con este también ha compartido escenas. Y con José Coronado y Gabino Diego. Incluso ha aparecido con el piloto de Fórmula 1 Fernando Alonso en un anuncio publicitario, caracterizados como improbables vikingos, que se emitió en todas las cadenas de televisión. Sin embargo, si se le pregunta por él a cualquier aficionado al cine, incluso a un buen aficionado al cine, seguramente sería incapaz de reconocerlo.
Sixto Cid no es un actor fabricado en una escuela de teatro ni un profesional moldeado por una estrategia de carrera. No hubo una épica de vocación infantil ni una revelación luminosa. Hubo, más bien, una fuga. Es un actor de deriva, de supervivencia, de ciudad recorrida a pie con los zapatos rotos y de escenarios de tarima gastada. Él mismo admite que nunca imaginó que el teatro, el cine y la televisión terminarían siendo su medio de vida, porque antes de ser actor ejerció otro oficio. Trabajó en una empresa vinculada a la multinacional Standard Eléctrica, de la que, por encima de cualquier otra cosa, recuerda su salida. Una decisión inseparable de su politización temprana, de su rechazo a ciertas estructuras de poder y de una intuición moral que sigue reivindicando: hay trabajos de los que uno se va por conciencia. Con el dinero de aquella salida se compró una buhardilla en Lavapiés. Desde allí empezó a buscarse la vida. Y en esa expresión —buscarse la vida— cabe casi toda su biografía.
Aquellos primeros años en Madrid tienen algo de novela de aprendizaje. Mientras la ciudad mudaba lentamente de piel, él enlazaba contactos, oportunidades, trabajos inciertos y decisiones intuitivas. Cid no habla de ascenso ni de triunfo artístico, sino de la intemperie, de la necesidad de sostener la vida elegida con lo que hubiera a mano, de aceptar la incertidumbre como condición permanente y de entender el escenario no como un pedestal o un santuario, sino como una trinchera donde apretar los dientes y resistir. Hay en su memoria un Madrid subterráneo y poco conocido: salas pequeñas, compañías inestables, oscuras agencias de publicidad, barrios todavía no domesticados, amistades que abren caminos y otros tantos episodios que hoy suenan casi inverosímiles. Esa geografía de la bohemia pretérita es el verdadero taller donde se fue construyendo su identidad artística. Dice que realizó dos veces las pruebas de acceso a la escuela de arte dramático y que suspendió ambas. Lejos de narrarlo como una herida, lo convierte en un chiste contra la solemnidad del oficio. Dice: “Si suspendí dos veces, soy dos veces mejor que aquellos que no han suspendido ninguna”.
Esa mezcla de desparpajo, distancia y orgullo define su manera de entender la interpretación. No se presenta como un actor legitimado por la institución, sino como alguien formado en los márgenes. En cursillos, en rodajes precarios, en compañías independientes, en trabajos inestables, en papeles cinematográficos sin frase y sin crédito, en la observación y en la práctica de aquel que aprende porque sí —él quizá diría por cojones— o se queda sin comer. Incluso llegó a ganar dinero posando desnudo como modelo para estudiantes de arte y escenografía. Una experiencia que vivió como un reto interpretativo. “No todo el mundo soporta exponerse así ante la mirada ajena”, dice. Pertenece a una tradición de actores forjados en el error, la carencia, la heterodoxia y la fricción con otros.
Cid fue uno de los fundadores de la compañía Espacio Cero y con ella llegó a escenarios comerciales. Habla, por ejemplo, de versiones teatrales de Pinocho y Frankenstein para público infantil, y del éxito de aquellas funciones, de la sala San Pol y de la posibilidad de haberse quedado allí de manera estable. No quiso. Dice que siempre ha sido un alma libre y que no estaba dispuesto a encadenarse a textos que no le interesaran. Y surge el trabajo con Roberto Villanueva —“que murió en 2005”, apostilla—, a quien describe como “un director argentino de gran peso artístico”. Con él sube a los escenarios del Teatro Español y del María Guerrero con un montaje sobre textos de Thomas Bernhard, tan sesudo y centroeuropeo, y se relaciona con intérpretes que después se convertirán en figuras muy conocidas. No hay rencor ni envidia en su manera de contarlo. Ni vanidad retrospectiva. Los grandes nombres, cuando aparecen, lo hacen como estaciones de una vida movediza, no como trofeos.
Eso denota que su trayectoria comenzó en escenarios modestos, en pueblos perdidos de Galicia, Asturias o León, donde la pieza no se exhibía en un teatro, sino en una plaza verbenera, una discoteca cutre, un polideportivo destartalado o una iglesia cedida por un cura misericordioso y amante del arte. Dice que lo memorable era la sensación de fragilidad absoluta en ese despliegue de espacios improvisados en los que la función podía interrumpirse en cualquier momento: unas vacas que atraviesan el escenario, el irritante tintineo de un mar de botellines esparcidos por el suelo, una imprevisible escenografía que impone otro espectáculo, en definitiva, más antiguo y poderoso que cualquier ficción. “Actuar no era solo interpretar un texto —dice—, sino sostenerlo mientras la vida entraba por el lateral con animales, ruidos imprevistos y unos vecinos que no pedían permiso para seguir su rutina”.
Para continuar en ese mundo —su mundo—, Sixto Cid ha hecho de payaso en bodas, bautizos y comuniones. Ha hecho publicidad y figuración (en el videoclip El alma al aire de Alejandro Sanz, por ejemplo) y ha ejercido toda clase de empleos y subempleos vinculados más o menos con el arte dramático. Casi siempre menos que más. Cid no enmascara la realidad de los actores. Al contrario. Advierte que mucha gente solo ve “la espuma del oficio” y no la continua incertidumbre que transita por debajo.
—Por eso tu trayectoria resulta tan valiosa para un perfil narrativo —le digo.
—¿Eh?
—Nada.
Me gustaría decirle que es un símbolo —o mejor, una metáfora— porque en él conviven la escena institucional y la periférica, el montaje de prestigio y la lucha por la supervivencia cotidiana, el personaje de texto y la figuración anónima. Decirle también que no es un actor, sino una metonimia. Un actor y muchos actores. Un actor que representa a la mayoría de los actores y actrices de este país, en el que casi el 72% de ellos, si se contabilizan únicamente los ingresos artísticos, se encuentra por debajo del umbral de pobreza, según el informe sociolaboral de 2024 de la Fundación AISGE.
Pero no se lo digo. En cambio, él dice:
—Soy una puta que disfruta de su trabajo.
Se le desbordan los ojos de las cuencas cuando lo dice. O parecen hundirse en ellas. Imposible interpretar el contexto. De repente, otra ráfaga emocional. Aquel día en el que, junto al actor Gabino Diego, colaboró con el grupo de teatro Yeses —una iniciativa que ofrecía a las reclusas un espacio de expresión y trabajo colectivo— en un escenario muy particular: la cárcel de mujeres. Se descubrió en un territorio donde las tablas ya no eran un refugio, sino un lugar cargado de tensión, de biografías rotas y de una energía difícil de domesticar que se desbordó en amotinamiento verbal y caos. Dice: “Gabino y yo llegamos a temer que aquello pudiera acabar mal, como si las actrices fueran a volverse contra nosotros”. Dice: “Yo ya había estado en la cárcel, aunque en la ficción. En Muertos de risa, ayudando a Santiago Segura a escapar de ella”. Dice: “Actuar también consiste en entrar en lugares donde la escena no te protege, sino que te obliga a mirar de frente una realidad más dura que cualquier ficción”. Le digo:
—¿Qué significa actuar, Sixto?
—Es difícil de explicar. Uno es otro sin dejar de ser uno mismo. Una especie de posesión controlada en la que el personaje te obliga a hacer cosas que en tu vida ordinaria no harías jamás.
No es una teoría académica, sino una poética nacida de la experiencia. Dice: “Hay sensaciones en el escenario imposibles de verbalizar y que, sin embargo, los actores las reconocemos de inmediato”. Para él —dice—, el personaje no anula a la persona, sino que la desplaza, la tensa, la convierte en vehículo de otra lógica que deriva del texto o del guion y que sirve de itinerario para estructurar la interpretación. El joven director Lucas Millán, que ha estado silenciosamente presente durante toda la conversación, arquea una ceja. Luego, cuando le pregunte el motivo, me dirá que si algo destaca en Piti —así lo llama él— es su capacidad para dejar que el personaje se lo lleve a lugares inesperados, más allá de la letra impuesta. “Trabajar con él puede ser a veces muy fácil y a veces muy difícil —dice—, porque exige dejar espacio a una forma muy particular de encarnar al personaje”. Y añade: “Hay momentos en que lo mejor es permitir que se embriague de personaje y lo ejecute a su manera en el diálogo, en las acciones, en la respiración misma de la escena”.
En la página web aparecen varias fotografías y un listado de características. Nombre: Sixto Cid. Altura: 185 centímetros. Peso: 85 kg. Chaqueta: 52. Camisa: 44. Pantalón: 48. Talla de zapato: 44. Categorías: Perfiles atípicos. Este es Sixto Cid para Wanted, la agencia de actores que lo representa. Al menos, así lo vende en su página web. Sin embargo, también es una metáfora. O mejor: una metonimia embriagada de personaje. Por eso su trayectoria resulta tan valiosa para un perfil narrativo. Aunque quizás esto no sea lo importante.
—¿Eh?
—Nada.





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