Punto de encuentro

—Pues si ya estamos todos, vamos a ello —dirá Virginia cuando el grupo esté completo. Pero todavía no. Ni siquiera ella ha llegado.

En el exterior del museo una larga cola de visitantes espera pacientemente para acceder a las instalaciones. La fila avanza lentamente por uno de los laterales del edificio. Hay turistas con chubasqueros transparentes y móviles colgados del cuello tras el plástico, parejas que se refugian bajo un escuálido paraguas y un hombre mayor que protege el catálogo del museo con el faldón del abrigo. La lluvia no ha dejado de caer desde primera hora de la tarde. Un sirimiri fino, acompañado a veces de ráfagas de viento que agitan las banderas de edificios cercanos —el Palace, el Ritz—, golpea los paraguas abiertos y empapa el suelo de granito. En la explanada del museo, una veintena de estudiantes de los primeros cursos de secundaria, retando a la lluvia y al viento, se organiza para una fotografía de grupo entre risas, bromas y empujones.

Bajo el pórtico de la Puerta de Velázquez, en medio de las seis formidables columnas toscanas levantadas en el siglo XVIII por Juan de Villanueva, aguardan dos mujeres. Una de ellas es Ana Gómez-Escalonilla, responsable de la Unidad de Igualdad de la Universidad Rey Juan Carlos. A su lado, una joven becaria de pelo colorido, también llamada Ana, mira de vez en cuando hacia el Paseo del Prado con la esperanza de ver aparecer a los guías y a los asistentes de la actividad organizada con motivo del Día Internacional de la Mujer. El evento, titulado El Prado en la ciudad, propone una mirada feminista sobre algunas de las obras del museo. La visita, que en principio iba a celebrarse dentro de la institución, se ha trasladado a las calles de Madrid. El Prado denegó el permiso para la actividad a la universidad.

—Dicen que solo admiten visitas de entidades educativas —explica Ana Gómez-Escalonilla con una sonrisa irónica en los labios—, como si la universidad no lo fuera.

Gómez-Escalonilla temía que algunos inscritos no acudieran a la cita por culpa de la lluvia. “Hubiese sido una lástima —añade—, pues las plazas se completaron en apenas cinco minutos”. Algo que le ha sorprendido, acostumbrada a que otras actividades académicas no despierten la misma acogida entre profesores, estudiantes y personal de la URJC.

Ha dejado de llover y las dos mujeres abandonan el refugio, salen a la explanada y se acercan a la estatua de Velázquez, donde han fijado el punto de encuentro.

Para alivio de Ana, la becaria de pelo colorido, los guías de la asociación cultural feminista Órbita Diversa hacen acto de presencia. Se presentan apresuradamente, sin apellidos, solo con sus nombres de pila. Rafa y Virginia. Ella se cubre con un chubasquero beige, no lleva paraguas y sostiene bajo el brazo un par de carpetas plastificadas de las que asoman varios folios rosas con el guion de la ruta a punto de empaparse. Él lleva una cazadora que no está preparada para la lluvia. Parece que lucha contra el frío porque mantiene las manos en los bolsillos. Van llegando algunas de las estudiantes inscritas en la actividad. Hablan entre ellas —de la lluvia, de las distintas carreras que estudian, de la propia ruta— como si se conocieran de toda la vida. A unos metros, cuatro turistas se acomodan frente a la estatua para hacerse una foto con el Prado de fondo entre incomprensibles frases en otro idioma. El cielo se cierra tras ellos. Amenaza lluvia de nuevo.

—Mejor vayamos al pórtico —propone Virginia.

Un chico alto y moreno, con una melena rizada de estilo afro, penetra en el pórtico justo después del grupo. La melena se le mantiene intacta pese a la humedad. Estudia Historia del Arte y se convertirá en el único asistente masculino. Dos chicas llegan corriendo tras él como si lo persiguieran, protegiéndose bajo un paraguas compartido y pidiendo disculpas por el retraso.

Ana Gómez-Escalonilla repasa en su móvil la lista de inscritos. Desliza el dedo por la pantalla, cuenta en silencio y asiente. El grupo ya está completo. En total, once personas.

—Pues si ya estamos todos —dice Virginia—, vamos a ello.

Primera parada: un nombre de mujer

—En los inicios del museo solo podían entrar los hombres —dice Rafa—. El Prado es un museo de hombres, y durante siglos la historia del arte se ha enseñado como la historia del genio masculino, invisibilizando a las mujeres artistas.

Tres turistas jóvenes, masculinamente ebrios, gritan consignas ininteligibles alrededor del grupo, reclamando atención. Nadie les hace el más mínimo caso. Una fotografía plastificada pasa de mano en mano entre los asistentes. La acaba de entregar Virginia. Es la reproducción de un cuadro de Bernardo López Piquer. En él aparece Isabel de Braganza con un peinado a la moda imperio y un vestido de terciopelo rojo. Con su mano derecha señala una imagen del museo con el aspecto que tenía cuando se inauguró en 1819, y con la izquierda, siguiendo una línea oblicua imaginaria de arriba abajo y de izquierda a derecha, una mesa sobre la que se extienden los planos del edificio antes de su construcción. La reina mira de frente, como si le explicara al espectador el proyecto con los ojos o como si reivindicara a sí misma ante el futuro. “La historia cuenta que Fernando VII fundó El Prado —dice Rafa—, pero en realidad la figura clave de su origen es una mujer, la reina Isabel de Braganza”. Los responsables del museo han colgado recientemente el cuadro de López Piquer en un lugar destacado de la sala 062, dedicada a la pintura histórica del siglo XIX, como reconocimiento.

El dedo de Rafa apunta hacia arriba. Las paredes del pórtico están cubiertas de inscripciones en mármol de nombres de artistas: Diego Velázquez, Francisco de Goya, Tiziano, El Greco, Patinir, Bartolomé Esteban Murillo…

—¿Qué os llama la atención?

Tras unos segundos alguien responde:

—Hay una mujer.

—Exacto. Se trata de Luisa Roldán. Su nombre aparece bajo el de su padre, Pedro Roldán. La llamaban La Roldana.

La Roldana se formó como escultora e imaginera —algo excepcional para una mujer del siglo XVII— en el taller de su padre. Virginia apunta que se casó con el aprendiz Luis Antonio de los Arcos sin permiso paterno en un episodio conocido en los mentideros de la época como el rapto de la Roldana, y que era él, su marido —el aprendiz— quien firmaba los contratos de sus obras porque las mujeres no podían hacerlo legalmente. Su trabajo fue tan apreciado que el rey Carlos II la nombró escultora de cámara, la primera mujer en ostentar el cargo. “Terminó viviendo en la pobreza —añade Virginia—. El reconocimiento no era más que honorífico y no incluía retribución económica alguna”.

—Pero qué cara más dura tenían los reyes —dice una de las chicas del grupo.

—Nos movemos —anuncia Virginia.

La lluvia es tan fina e imprevisible que los miembros del grupo no saben si abrir o cerrar los paraguas.

—¿En qué año se celebró la primera exposición de una mujer en el Prado? —dice Rafa mientras emprende la marcha.

—Hace dos días —bromea alguien.

—2016 —responde el guía—. A la protagonista la descubriremos más tarde.

Segunda y tercera parada: una falsa Carmen Lomana, la lluvia de oro y las Sin Sombrero

La fachada neoclásica del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza aparece oscurecida por la humedad. En este edificio, antigua sede del Liceo Artístico y Literario, Isabel II desarrollaba su actividad como mecenas del arte y la cultura y organizaba tertulias con escritoras como Carolina Coronado o Gertrudis Gómez de Avellaneda. Una señora vestida con una gabardina impecable y enormes gafas de marca pasa bamboleándose con aire sofisticado por delante del grupo. “Se parece a Carmen Lomana”, dice alguien y estallan algunas risas. La señora los escruta con la avidez de un entomólogo, intentando averiguar qué hacen esos pequeños insectos apiñados ahí, bajo las viejas y poderosas ramas de uno de los magnolios a los que se encadenó Tita Cervera, dueña de la colección del museo, cuando el alcalde de Madrid quería cortarlos, y de qué diablos se ríen. El sirimiri cae con persistencia sobre los insectos, sobre las hojas del magnolio y sobre la gabardina pija de la falsa Carmen Lomana, que emprende el paso y se aleja.

Dos grandes carteles de estridentes colores anuncian las exposiciones actuales en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Virginia los ignora. “Aquí trabajaron muchas pintoras como copistas en un periodo dominado por la casi omnipresencia de los temas de mitología clásica”, explica. Mientras habla, muestra una imagen plastificada de Dánae recibiendo la lluvia de oro. En el cuadro de Tiziano aparece una joven desnuda recostada en el lecho, mientras una criada intenta recoger la lava derramada por la erupción de un volcán que, según algunas interpretaciones, representa el semen ardiente de Zeus que quiere preñarla. “A través de los mitos —continúa la guía— se expresaba la violencia sexual”.

Tres mujeres ataviadas con vestidos y sombreros de los años veinte del siglo pasado sorprenden al grupo y a todo el que pasa por allí. Fingen encontrarse, se abrazan y ríen con complicidad mientras se forma un círculo de turistas alrededor de ellas. “Son actrices —explica Rafa en voz baja—. Hacen rutas teatrales por Madrid”. Una de las mujeres arrastra una maleta antigua de cuero, como si acabara de llegar de la estación o buscara alojamiento. Otra da un paso al frente y con gesto solemne y voz diafragmática de sala de teatro, dice: “Soy Maruja Mallo y en esta Real Academia estudié”. Maruja Mallo, pintora, es una de las mujeres a las que llamaron las Sinsombrero, artistas brillantes y rebeldes de la Generación del 27.

Un cuarteto de cuerda interpreta una melodía pegadiza justo en la confluencia de Alcalá con la Puerta del Sol. La lluvia parece que da una tregua.

Cuarta parada: la hija secreta de Goya

Una placa recuerda la casa donde vivió Rosario Weiss en la calle Arenal número 1.  Weiss era hija del ama de llaves de Francisco de Goya, discípula del pintor y maestra de dibujo de Isabel II. También se dice que era hija secreta del maestro. El escritor Sergio del Molino le ha dedicado una biografía novelada titulada precisamente La hija que se acaba de publicar.

Mientras Rafa explica la vida y obra de Weiss, un vendedor de rosas se acerca sin decidirse a ofrecer su mercancía. Un grupo ruidoso de adolescentes de trece o catorce años pasa por detrás gritando el nombre de alguien. Algunas chicas del grupo se giran.

Rafa sube la voz reclamando atención:

—Apenas se conservan obras de Rosario Weiss. Destaca una en la que se retrata como Diana Cazadora, una decisión que desvela su carácter y su ambición artística.

—La elección no es casual —insiste Virginia—. Madrid está lleno de imágenes de la diosa. Ahí tenemos la Diana de Gran Vía, frente al edificio de Telefónica, vigilando el tráfico desde lo alto, o la de la plaza de la Cruz Verde, más discreta.

Desde La Mallorquina llega el olor de las napolitanas de crema. El escaparate luce repleto de dulces y, tras el cristal, el interior se percibe abarrotado de clientes. Unos metros más adelante, ya en la calle Mayor, la dependienta de una de esas turronerías que han aparecido como setas por el centro de Madrid ofrece muestras en una bandeja. La acera, estrecha y muy concurrida, obliga a los viandantes a avanzar en solitario o en parejas, apretujados en fila india. Llegando a la Plaza Mayor, un joven vestido no se sabe muy bien si de camarero o de bailaor, toca las castañuelas para promocionar un show de flamenco. Más allá, el mercado de San Miguel ofrece delicias y productos gourmet de diseño a un ejército de turistas ávidos de sabores tipical spanish. Hasta la valerosa Diana Cazadora saldría espantada de aquí.

Quinta parada: un cuchillo que corta la lluvia

La plaza del Conde de Barajas está desierta y en silencio. Las terrazas de los dos locales —un restaurante castizo y una cafetería de especialidad tan de moda— están vacías. La lluvia ha hecho estragos. Diana Cazadora agradecería esta paz. Virginia dice que desde 1984 todos los fines de semana se celebra aquí un mercadillo de pintores gestionado por asociaciones culturales, y que muchos de los artistas son mujeres. “Pero permanecen en lo que llamamos un no lugar del arte —añade—, porque los espacios de poder siguen ocupados mayoritariamente por hombres”.

Una placa señala que en esta plaza vivió la filósofa María Zambrano, exiliada tras la guerra civil, silenciada durante la dictadura franquista, y que no regresaría a España hasta 1984 cuando se le reconoció el valor de su obra.

 De repente, Rafa dice:

—Clara Peeters.

Los miembros del grupo tardan un rato en adivinar a qué se refiere. Acaba de desvelar la respuesta a la pregunta que dejó en suspenso en el Museo del Prado.

—Clara Peeters —repite—, nacida en Amberes a finales del siglo XVI, fue la primera pintora a la que El Prado le dedicó una exposición. En 2016.

Como Luisa Roldán o Rosario Weiss, era hija de un artista y se formó en el taller de su padre. A los catorce años pintó su primera obra. Según Virginia, fue una pionera del bodegón, reconocida por incluir pequeñísimos autorretratos en los reflejos de las copas de plata y orfebrería de cocina. En un ámbito exclusivamente masculino, se veía obligada a ocultar su firma en las hojas de los cuchillos, dejando pistas para que pudiéramos reconstruir su historia.

Un llamativo tuk tuk lleno de turistas pasa apresurado y argénteo, como si cortase la fina capa de lluvia que vuelve a empapar las calles.

Última parada: una reina en pelotas

Frente a la estatua de la reina Isabel II, guarecidos bajo los soportales del Teatro Real, Rafa habla de la campaña machista que dramaturgos, periodistas y, sobre todo, caricaturistas realizaron sobre los supuestos escarceos amorosos de la reina. No lo dice, pero las caricaturas más feroces las hizo un dibujante que firmaba con el seudónimo de SEM en la serie de 107 acuarelas titulada Los Borbones en pelotas. Muchas de ellas mostraban a la reina en situaciones abiertamente sexuales, que reflejaban el clima político previo a la Revolución de 1868.

Más allá, cruzando la Plaza de Oriente, ya frente al Palacio Real, Rafa dice que la pintora Sofonisba Anguissola llegó a la corte española como dama de compañía de Isabel de Valois. Algunos de sus cuadros cuelgan en el palacio. Su historia es paradigmática. Muchos de sus retratos fueron atribuidos al pintor de la corte Alonso Sánchez Coello. El Museo del Prado, donde se exhiben los retratos que realizó a Isabel de Valois, Ana de Austria y Felipe II, puso su nombre en las cartelas en 2016 (que también debió ser un año paradigmático), reconociendo así su autoría cinco siglos después.

—Sofonisba Anguissola fue la primera mujer que retrató a un rey —dice Virginia frente al Palacio Real—. Vivió hasta los noventa años, aunque terminó ciega. Felipe II le concedió una pensión vitalicia.

—Qué bien, no como a la pobre Luisa Roldán, a la que no pagaban —puntualiza entre risas la becaria Ana.

Las campanas de la Catedral de la Almudena suenan con fuerza religiosa y metálica. Virginia dice que en España los espacios culturales y de memoria feminista fueron ocupados por organizaciones nacionalcatólicas como la Sección Femenina de la Falange, que hizo desaparecer parte del legado. “Hoy muchas restauradoras, investigadoras y colectivos de mujeres trabajan para recuperarlo”, añade. Lo dice con tanta intensidad que parece que su voz opacase el viejo y decrépito tañer de las campanas.

En ese momento deja de llover.

Solo por un instante.

La lluvia repiquetea de nuevo en los charcos. Una tiene la sensación de que en ellos, en el reflejo del agua, aparecen inscritos los nombres de todas estas mujeres. Entrelazados, sororos, como si fueran un mismo nombre, un único nombre, o todos los nombres a la vez y que juntos no necesitan del mármol para sobrevivir al tiempo. Ahí están, escritas en la lluvia, expandiéndose en pequeñas ondas, Isabel de Braganza, Luisa Roldán, Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Dánae bajo la lluvia de oro, también la falsa Carmen Lomana y Tita Cervera atada a un magnolio, y Maruja Mallo y las Sinsombrero, y Rosario Weiss, Diana Cazadora, Clara Peeters, María Zambrano, Sofonisba Anguissola e Isabel de Borbón en pelotas. Genuinas, naturales y, sobre todo, libres.

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