En unos minutos el veterano periodista Alfonso Armada dirá en la tribuna: “Contar bien lo que pasa no es una moda. Es una necesidad”. Y yo imaginaré en ese preciso momento que una hoguera se prende en medio del salón de actos y que la gente comienza a contar sus historias alrededor de ella. Pero ahora la tribuna está vacía, no hay ninguna hoguera y las luces cálidas de los focos eléctricos iluminan la sala. También está vacía. Los dos nuevos becarios colocan las revistas sobre la mesa. Procuran que la portada mire al público para que se vea bien la ilustración: un ornitorrinco naranja con sombrero de periodista de los años cuarenta o cincuenta que aposenta sus posaderas sobre una vetusta máquina de escribir. Disponen los ejemplares sobre una base improvisada hecha de revistas y libros, dejando una separación casi simétrica entre ellos. Han colocado botellas de agua frente a los asientos que ocuparán los tres ponentes: el periodista Alfonso Armada, el decano de la facultad de Ciencias de la Comunicación Rafael Gómez Alonso y el director de la revista y coordinador del Aula de Periodismo/Publicación digital Gustavo Montes.

Uno de los becarios recorre con la mirada la sala desde la tribuna como si la imaginase ya repleta de público. Van a asistir los redactores que han elaborado la revista, becarios de dos promociones anteriores. Quizás los imagine también y se imagine a sí mismo entre ellos. La revista se llama Comversatorio y el primer número tiene como subtítulo Periodismo ornitorrinco y mutante. El otro becario, que acaba de incorporarse a la redacción de la revista hace apenas unas semanas, mira un tanto alelado a su compañero.

El otro becario soy yo.

Soy el nuevo entre los nuevos.

Saluda con la mano al cruzar la puerta. El profesor Gustavo Montes llega acompañado de uno de los antiguos redactores, Álvaro García-Dotor. Es el autor de dos reportajes que el profesor Montes me obligó a leer nada más incorporarme: Jaime Chávarri en el sueño underground de la reina Ginebra y Mi abuelo y ETA. “Para que vayas pillando el estilo”, me dijo. El profesor Montes está pendiente del teléfono móvil. El padrino de la presentación de la revista, Alfonso Armada, está a punto de llegar. Álvaro García-Dotor esboza una sonrisa cómplice en los labios.

Dos operadores de cámara entran cargados con mochilas, trípodes y objetivos. Los acompaña el profesor Vicente Sanz de León. En cuanto pisa el salón, se convierte en director de cine. Avanza por el pasillo central dando instrucciones a los operadores. “Poneos por los laterales —dice—, buscad ángulo limpio hacia la mesa”. Los operadores, alumnos en prácticas de la productora audiovisual que coordina el profesor Sanz de León, despliegan los equipos como soldados que conocen la coreografía de memoria.

Suena el teléfono en la mano del profesor Montes. Atiende, escucha, cuelga. “Es Alfonso —dice—. Voy a buscarlo”. Y sale.

Álvaro García-Dotor trabaja ahora en el programa La Ventana de la Cadena Ser. El profesor Montes ha bromeado diciendo que su reportaje Mi abuelo y ETA ha tenido mucho que ver en eso. Exagera, claro. Pero Álvaro admite que ese ha sido su mejor reportaje. Cruza los brazos en un gesto de orgullo. Está en medio de la sala, justo delante de la tribuna.

Me mira como si fuera consciente de lo que estoy sintiendo en este momento.

Ainhoa Espada escribió La monja tecnológica y Sara Hincapié Amor líquido y tamagotchis. Álvaro García-Dotor las saluda. No se conocían. Ambas son de la primera promoción y Álvaro de la segunda. Sin embargo, se han reconocido al instante como miembros del mismo club. Todos se besan cuando aparecen Laura Espejo y Ainhoa Álvarez, de la segunda promoción. La primera es responsable de Mi vida como un chino y la segunda de Hablando de porno. Ríen, se abrazan. El salón se está convirtiendo en una especie de convención ornitorrinca. García-Dotor me mira de nuevo. Como si supiese que me siento un tanto perdido.

Alfonso Armada camina por la sala con esa mezcla extraña de cordialidad y presencia que se les supone a los periodistas veteranos que han enfrentado mil y una batallas. La piel curtida, el paso firme y una gorra que le da el aspecto de un apacible capitán de barco. Ha sido reportero de guerra en Sarajevo y en Ruanda, corresponsal en Nueva York de El País y responsable del suplemento cultural del ABC. Actualmente, editor y director de FronteraD, una revista que defiende un tipo de periodismo que cree en las palabras, en el tiempo, en la belleza de la narración. En Comversatorio colabora con un texto titulado Divagaciones sobre un oficio una noche de abril.

Armada —pienso entonces— es el espejo en el que querríamos reflejarnos.

El profesor Montes lo presenta a los jóvenes periodistas ornitorrincos. A todos les dedica un comentario sobre sus respectivos textos. «Lo que has hecho con La monja tecnológica es brillante», le dice a Ainhoa Espada, que enrojece ligeramente. A Sara Hincapié le sonríe con complicidad cuando el profesor Montes dice que El País publica precisamente ese día un artículo sobre uno de los grupos de música sobre los que escribió en Amor líquido y tamagotchis. Armada hace una pausa significativa cuando se dirige a Álvaro García-Dotor. «Tu relato sobre tu abuelo —dice— es impactante». Luego, cuando Alfonso Armada ocupe su lugar en la mesa, Álvaro García-Dotor dirá: «Parece que lo hemos hecho bien». Y los periodistas ornitorrinco estallarán en risas.

El profesor Montes mira el reloj.

Es la hora.

Los tres ponentes se sientan a la mesa. El profesor Montes ejerce de presentador. El decano dice que la revista es un objeto extraño y necesario. “Una obra con marca propia”, añade y habla de futuros prometedores, de rigor y pasión por la literatura y el periodismo. El salón de actos no está lleno, como imaginó mi compañero becario desde la tribuna. Sin embargo, a los jóvenes ornitorrincos mutantes, sentados en la primera fila, se les hincha el pecho de orgullo.

Alfonso Armada hojea la revista delante de todos. Habla del diseño sobrio pero evocador de la portada, la elección cuidada de la tipografía, del gramaje y textura del papel, que convierte la lectura en una experiencia táctil, casi ritual. «Es como tener entre las manos una obra de arte efímera», añade con la convicción de quien cree que la belleza es una forma de resistencia frente a la banalidad. E invoca a los clásicos: Homero, Virgilio y, sobre todo, Heródoto (con el que viajó el maestro Kapuściński), como si dijera que, sin ellos, sin su relato, no estaríamos después de tantos años, siglos, reunidos ante la hoguera, como nuestros antepasados, contándonos historias a la luz del fuego. Contar historias —dice— es un modo esencial de entendernos, de orientarnos, de sobrevivir. «Contar bien lo que pasa no es una moda, es una necesidad», añade.

El tono del periodista adquiere mayor gravedad cuando reflexiona sobre el momento actual: un tiempo de prisas, de titulares veloces, de información sin contexto ni profundidad. En ese entorno —dice— el periodismo narrativo tiene una tarea urgente: detenerse, escuchar, mirar. Ofrecer mapas cuando todo parece ruido. Y no cualquier mapa: mapas honestos, valientes, formales, capaces de iluminar sin simplificar.

Para Alfonso Armada, la revista Comversatorio no es un simple proyecto académico, sino una declaración.

Un manifiesto.

Una apuesta por un periodismo que no renuncia a la belleza ni al rigor, que se atreve a mirar hondo y lento, que no teme a la complejidad.

Una trinchera contra el olvido, contra la prisa, contra el ruido.

Una forma de decir aquí seguimos.

Pensando. Escuchando. Narrando.

El silencio en el que todo el mundo ha estado sumido deja paso a un largo aplauso.

Alguien ha encendido una hoguera metafórica en el centro de la sala.

Álvaro García-Dotor se dirige al estrado con paso firme. Se acerca el micrófono. Comienza a hablar como quien deshace un nudo con los dedos. Lo que dice suena a declaración de principios. Dice que la revista no es un capricho de jóvenes con ganas de epatar, sino una forma de romper el corsé de lo previsible. Cada texto encontró su propia música, añade. Como si cada pieza hubiera exigido su forma, su estructura, su lógica, su tono. Y eso, sostiene, es lo que hace que todo respire.

Ainhoa Espada levanta la mano para intervenir. Renuncia con cierta timidez a subir al estrado y toma la palabra desde su sitio en la primera fila. Agarra el micrófono con firmeza. Le tiembla la voz al empezar, pero luego se asienta. No hace falta que se extienda demasiado. Basta con cómo lo cuenta. Las noches eternas, los párrafos que no cuadraban, las versiones del texto que no dejaban de crecer como ramas torcidas. Pero también la mano —más guía que corrector— del profesor Montes, que supo leer más allá de los errores. “Me ayudó a confiar en mi manera de mirar”, añade. A su lado, Sara Hincapié toma el micrófono ahora y es como si continuara el discurso en otra voz. Habla de entrar en las vidas ajenas sin pisar. De mirar con tiempo, sin afán de conclusión. “Con respeto y sin prisa”, dice.

La hoguera crepita en el silencio de la noche.

Ainhoa Álvarez toma una bocanada de aire. Dice que durante mucho tiempo creyó que el periodismo debía blindarse contra cualquier asomo de subjetividad, que lo personal era una grieta por donde se escapaba el rigor. Pero hubo algo en el proceso —las conversaciones, las correcciones, la complicidad con el equipo— que fue desmontando esa creencia pieza por pieza. Descubrió, dice, que sostener una mirada propia no es traicionar la verdad, sino comprometerse más hondamente con ella. Que la honestidad también tiene método, y que hay veces en que una duda dicha a tiempo dice más que cualquier certeza fingida. Habla con calma, con una madurez que no imposta, como quien ha cruzado esa frontera con naturalidad. Y se le nota —en el modo en que elige las palabras, en el respeto con el que las suelta— que ese cruce la ha cambiado para siempre.

Laura Espejo entra en la conversación con una delicadeza que desarma. Dice que este proyecto ha sido su primer contacto real con el ejercicio periodístico, más allá de la teoría impartida en las aulas. Aquí, por fin, comprendió qué significa asumir la responsabilidad de contar una historia que otro va a leer, tal vez interpretar, incluso sentir. Por un momento la voz se le quiebra, pero enseguida vuelve a encontrarla. “Y ese vértigo —dice— es hermoso”.

Las cámaras de los chicos de la productora audiovisual de la Facultad de Ciencias de la Comunicación enfocan al grupo de jóvenes periodistas mutantes sentados en primera fila. La luz de la hoguera ilumina sus rostros.

La noche parece menos oscura al calor del fuego.

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