Miedo es una canción ochentera. La letra es contundente, pero un tanto ingenua. La compuso un chaval punk de apenas veinte años. El chaval está al lado del escenario. Ahora pasa de los sesenta. Viste una camiseta negra estampada con un logo con las siglas PVP en blanco y vaqueros ajustados. Manipula la mesa de sonido, revisa unos cables, se mueve de un lado a otro, observa a los técnicos a su lado. Luego, apoya la espalda en la pared y abre una lata de cerveza. No la suelta hasta que la acaba. Sus ojos, tras unas gafas de pasta que los agrandan, realizan un recorrido desde la posición que ocupan los espectadores hasta el escenario, donde esperan dos guitarras acústicas y un bajo. El chaval, Juanjo Valmorisco, lleva cuarenta años dedicándose a la música y parece inquieto, como si fuera su primer concierto. Más tarde, cuando le pregunte sobre esto, me dirá: “Hoy salimos a pelo. En la puta vida hemos tocado con guitarras acústicas. Somos un grupo eléctrico”.
El Primavera Live URJC arranca con la actuación de PVP, el grupo que Juanjo Valmorisco fundó junto a Jesús Amodia y Jorge García Ramiro en los inicios de la Movida madrileña. Jorge García Ramiro murió de cáncer en 2012. Se ha improvisado un pequeño escenario en la terraza de la cafetería del campus universitario, donde apenas quedan sillas a la sombra y las mesas están llenas de estudiantes y profesores, aunque predominan los primeros. La organización ha decidido que todos los conciertos del evento sean en acústico. El exceso de decibelios no parece lo adecuado en un recinto universitario. Eso es lo que inquieta a Valmorisco. El punk se caracteriza por el sonido de guitarras eléctricas amplificadas y ruidos cargados de distorsión.

Busco un sitio libre en la terraza. Los otros dos integrantes de la banda están sentados alrededor de una mesa que ya empieza a llenarse de botellines y latas de cerveza. Sé que son ellos porque tienen cierta edad, visten camisas estampadas y llevan gafas de sol. Evidentemente no son profesores. Los acompañan tres mujeres, que asumo son sus novias, esposas o familiares.
PVP debutó en 1982 con un disco titulado Miedo. En la prensa de la época los apodaban “los Clash madrileños” porque su sonido y sus letras recordaban a la mítica banda punk. Valmorisco, voz y guitarra del grupo, dice que trajeron los nombres con siglas al rock español. Grupos como TNT o La UVI, de donde procede el bajista actual de PVP. El acrónimo proviene de «Precio de Venta al Público», visible en la pegatina de cualquier producto del supermercado. Una referencia a una sociedad consumista y mercantilista. “En la época del punk no éramos nada románticos, y queríamos dejar claro que tocábamos por dinero”, dice Valmorisco. De hecho, ese primer disco iba a titularse Todo el mundo tiene un PVP, aunque finalmente se llamó Miedo, el tema principal del disco.
─¿Miedo a qué? ─le pregunto.
─Miedo a cómo subsistir en la vida diaria y miedo a los locos.
─¿A los locos?
─La gente que llega al poder cada vez está más loca y tiene menos ideología. Eso es peligroso porque no se sabe lo que quiere.
Según el vocalista, el tema refleja de manera contundente la atmósfera social de los ochenta. El “punk es miedo” ─dice Rosa Montero en un reportaje de la época, recogido en una antología que acaba de publicar Alfaguara─. “Un miedo defensivo”, un movimiento rabioso “como alternativa al pasota inerme”. Valmorisco dice que estaban inmersos en “un modo de vida donde la muerte estaba muy presente”. La muerte en el contexto de conflictos internacionales y de amenaza nuclear y la muerte cotidiana por las drogas duras. Primaba la inmediatez del presente, reflejo de dos lemas punk: No future y Muere joven y deja un bonito cadáver. “No sabíamos dónde íbamos a acabar ─dice─. O morías en la calle o morías por una bomba”.
Los tres miembros del grupo toman posición en el escenario, mientras una de las mujeres que estaba con ellos se coloca en primera fila, de pie delante de las mesas. Es la mujer del guitarrista, Jesús Amodia. Llevan juntos desde los 16 años, me explicará orgullosa más tarde. Tienen dos nietos y dos hijos. Cuando el grupo de su marido debutó, ella ya estaba embarazada del primero. El concierto arranca y comienza a bailar como si no hubiera tiempo, como si volviera a ser la quinceañera que acompañaba a su novio punk a los conciertos. Los estudiantes mueven las cabezas al ritmo de las canciones. Los profesores los imitan. La mayoría tiene la edad de los músicos. La mujer, única ocupante de la pista improvisada, baila sin parar, solitaria y etérea. Algunos estudiantes graban la actuación (del grupo y de la señora) con sus móviles. Al terminar uno de los temas, el bajista abre una lata de cerveza delante del micrófono. El sonido resuena en los altavoces. “Un aplauso para Manolo UVI en el bajo”, exclama Valmorisco antes de anunciar el siguiente tema: Entre las ruinas. Su voz ronca ataca la primera estrofa.
Un grupo de cuatro chicas empieza a cantar la letra como si la conocieran de toda la vida. No la conocen. Hablo con ellas y confiesan que han buscado la letra en Google. Las chicas aplauden cada canción, saltan con tanta energía como la mujer del guitarrista, que sigue dándolo todo en primera fila. El vocalista acaba arrodillado al frente del pequeño escenario. El público le vitorea con ganas. Cuando se levanta, dedica una sonrisa cómplice a sus compañeros, como si dijera “seguimos siendo los mismos”.
A finales de los ochenta, PVP se separó porque cometió el error de dejarse aconsejar por gente que no estaba relacionada con el espíritu del grupo, se lamenta Valmorisco. Alrededor de 2012 se reunieron para apoyar al que fue batería de la banda, Jorge García Ramiro, y compusieron un disco con temas nuevos: Hermanos de piel. Juanjo baja la voz al recordar a su compañero: “Le pilló el cáncer y quisimos hacerle un regalo de última hora. Alguien que tocaba la batería como él, pura energía…” No termina la frase y añade casi en un susurro: “Quisimos volver al inicio”.

“Nos estamos convirtiendo en un ejército profesional, insensibilizados a los conflictos ─dice Valmorisco en el escenario─. El miedo continúa, pero se combate haciendo canciones”. Se enciende un cigarro y le da una calada. Pide otra cerveza, que alguien le acerca. Da un largo trago. Apaga el cigarro en la suela de la bota en un gesto muy rockero y deja la lata en el suelo. Rasguea la guitarra y comienza la canción que acaba de presentar. Miedo resuena en los altavoces.
Los viejos locos no interesan ya
Seguir a locos tiene que acabar
Las estructuras se van a caer
En el disco ochentero la canción empieza con el sonido de una sirena antiaérea, que da paso al estruendo de las guitarras eléctricas y la batería. En este primer concierto del Primavera Live URJC no hay guitarras eléctricas ni batería. Pero no hacen falta.
¿Y ahora qué?
El mundo es un volcán
¿Y ahora qué?
No hay nada que hacer
¿Y ahora qué?
Las chicas de Google corean la canción enardecidas leyendo la letra en sus móviles. Dos profesoras que cazaban pokemons (es literal) se dejan arrastrar por la música. El Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, que ha venido con una camisa estampada como la de los músicos, graba vídeo con su teléfono. Los estudiantes que ocupan la mesa del fondo se unen a las chicas y repiten en coro: ¿Y ahora qué? A la mujer de Jesús Amodia se le ha unido una compañera de baile.
Por fin el mundo es un carnaval
Y cada uno elige de qué va
Por fin la noche ha vuelto a vencer
Honor y gloria han quedado atrás
Juanjo Valmorisco dice que lo que le da miedo hoy es el tipo de artista que con el tiempo abandona el rock y empieza a tocar boleros: “Siempre hay que dignificar el escenario, sea el de un estadio o el de una sala pequeña”. Las canciones se suceden en el exterior de la cafetería. Suena Quién soy yo, Mentir, Descontrol, Incontinencia… El bajista no se puede contener y suelta un chiste. “Incontinencia entre las ruinas”, dice ante el micrófono.
¿Y ahora qué?
Ya puedes correr
¿Y ahora qué?
Muérete
─¿Hermanos de piel va a ser vuestro último disco?
─Tengo 66 tacos. Estoy cansado. No entiendo por qué no viene alguien detrás que me dé la patada.
Me mira serio delante de la cristalera de la cafetería. Tras ella, el jardín. Césped, dos arbolitos, algunas mesas vacías. En esta parte del recinto no hay nadie. Aún queda gente frente al escenario. La mujer del guitarrista charla con su marido. El bajista apura una cerveza junto al Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación y las profesoras que cazaban pokemons. Puede que les comente lo que me ha dicho antes: “Si sintiera nervios después de cuarenta años, me pego un tiro en la cabeza”. Las chicas de Google se han pedido bocadillos porque parece que el concierto les ha dado hambre. Latas de cerveza vacías se acumulan alrededor de los altavoces y sobre las mesas. Las guitarras acústicas siguen en el escenario.
─ ¿No habrá otro proyecto entonces?
─A mí me gustaría morir matando. Hay que darlo todo hasta el final.

Miedo es una canción. La compuso este chaval punk de 66 años que tengo delante y que aún se inquieta cuando tiene que tocar con guitarras acústicas. El miedo se combate haciendo canciones, ha dicho en el escenario. El estribillo de la canción se me ha metido en el cerebro. Cuando me despido de él, no puedo dejar de tararearlo:
¿Y ahora qué?
El mundo es un volcán
¿Y ahora qué?
No hay nada que hacer
¿Y ahora qué?
Camino hacia la salida. Imagino el sonido de las guitarras eléctricas y el ritmo frenético de la batería. Siento deseos de ponerme a bailar. Solitaria y etérea.
Un reportaje de Laura Espejo Segador
Imagen destacada creada con la IA de Bing





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