I
No llueve. De hecho, el sol brilla y me ciega. Pedro Mari Baglietto se encuentra a mi lado, en el asiento del copiloto. Me indica el camino al Colegio Sagrado Corazón de Madrid mientras me reprocha lo bien que conduzco. Pedro Mari está acostumbrado a tener chófer particular. Debido a su edad provecta siempre tiene algún hijo o algún nieto que le acompañe a las conferencias. No pisa las inmediaciones del Metro desde hace más de veinte años. “Eso es para los pobres”, dice para provocarme. Pedro Mari tiene 84 años, nació en Eibar y es madrileño de adopción desde hace más de cuarenta años. Vive en un chalé en las afueras de Móstoles. Un empresario de la construcción jubilado que ahora recorre decenas de institutos al año por toda España recordando cómo ETA mató a su hermano. Pedro Mari es mi abuelo, mi aitona.
La jefa de estudios lo recibe con un abrazo y le comenta lo bien que se sigue conservando. Mantienen una relación estrecha. Cada dos o tres años Pedro Mari se pasa por allí para dar charlas a varios grupos de Secundaria. La Fundación de Víctimas del Terrorismo las organiza y él acepta todas las que el cuerpo le permite. Hoy tiene programadas dos seguidas: una para los de cuarto de la ESO y otra para los de tercero. Algún día podría ser yo el ponente de sus charlas. A excepción del turno de preguntas, utiliza siempre la misma retórica y la misma estructura: palabra por palabra. Me la sé de memoria. Dice que no se cansa de repetirla una y otra vez porque le ayuda a sentir más presente a su hermano. Le permite revivirlo durante unas pocas horas, cicatrizar de algún modo la herida con un tejido de mejor calidad. Yo tampoco me canso de escucharla.
Son las once de la mañana. Un grupo bullicioso de unos veinte chavales y chavalas llega al aula. Miran con recelo a ese señor mayor que tienen frente al encerado porque acaban de volver del recreo y ahora les tocaría Educación Física. Pedro Mari aguarda el silencio para comenzar. Se le iluminan los ojos ante la oportunidad de dar a conocer su historia a unos chavales que no habían nacido cuando todo ocurrió. Respira hondo, carraspea.

II
Mi hermano Ramón se encontraba en Azcoitia, a las puertas de la sucursal de nuestro pequeño negocio familiar de decoración. Se fijó en que venía una señora con dos niños: uno agarrado de su mano que llevaba una pelota y otro, apenas un bebé, en brazos. En un momento dado, al niño mayor se le escurrió la pelota. Corrió a recogerla en el mismo instante en el que se acercaba un camión a toda velocidad. Su madre, lógicamente, se lanzó a protegerlo. Ramón, asombrado, solo tuvo tiempo de arrebatarle al infante que llevaba en brazos y pudo contemplar con horror cómo morían la madre y el otro niño bajo las ruedas del camión.
Lo patético y trágico de esta historia es que, precisamente, el niño de once meses que quedó en brazos de mi hermano aquel día fue la persona que lo mató dieciocho años después.
También se da la circunstancia de que Eugenio Etxebeste Arizkuren, alias “Antxon”, uno de los máximos dirigentes de la organización que reivindicó el atentado, ETA militar, era nieto de la hermana de mi padre. Lo que quiere decir que el autor intelectual del atentado fue nuestro propio primo. Además, cuando el asesino de mi hermano salió de la cárcel, lejos de arrepentirse y beneficiado por una benevolente condena, tuvo la desfachatez de montar su negocio de cristalería debajo del edificio donde vivía mi cuñada, condenándola a contemplar la cara del asesino de su marido cada vez que cruzaba la puerta de su casa. Y aquí surgen varias preguntas: ¿Qué ha pasado en el País Vasco? ¿Cómo puede una persona matar a su salvador? ¿Cómo puede otra dar la orden de matar a su propio primo? Yo también me hice estas preguntas hace muchos años. El fruto de esa reflexión fue un libro, Un grito de paz: autobiografía póstuma de una víctima de ETA. Ya que se encuentra agotado, os doy permiso para piratearlo.
Se me ocurrió escribir este libro para dejar testimonio de esto que os cuento. Fue presentado por el ministro Jaime Mayor Oreja hace muchos años y publicado por la editorial Espasa. Utilizo un recurso literario mediante el cual doy voz a mi hermano y hago que él nos cuente el atentado que le costó la vida. Esta primera persona me ha permitido meterme en su piel y articular todo mi conocimiento, esto es, dibujar la historia real de lo que pasó, intercalando el último día de vida de Ramón con antecedentes familiares y políticos.
III
Lo escucho con devoción. Ya me tiene atrapado. Tiene un don para contar historias. Pedro Mari es un hombre autodidacta. La escuela le enseñó poco. Se educó con los libros, los antros nocturnos y la prensa generalista. Ávido lector de gaceta mañanera y fumador de puro trasnochado. No posee un conocimiento filosófico, sino natural, práctico. Mucha calle. Algunas de sus anécdotas son más nutritivas que tratados sociológicos enteros. Y por no hablar de su rapidez mental: imagino impulsos eléctricos atravesando sus neuronas como atletas jamaicanos corriendo los cien metros lisos. En vidas pasadas fue un encantador de serpientes. Seguro. Nunca ha necesitado historias grandilocuentes o giros inesperados para agarrar el afecto de una persona y guardárselo en la chaqueta. Con unos pocos chistes malos y un par de juegos de palabras la tenía en el bote. Y eso no se enseña ni se entrena. Se admira.
Pedro Mari cuenta a menudo que le costó veinte años reflexionar sobre el asesinato de su hermano y sólo una semana escribir el libro. A lo Hegel: tesis, antítesis, síntesis. Ramón, que provenía de una familia de convicciones carlistas, fue acribillado con 43 años en la cuesta de Azcárate por ser simpatizante de UCD y amigo de Marcelino Oreja. Dejó dos hijos, una mujer, once hermanos y dos millones de vascos. Ramón Baglietto fue una de las 853 víctimas de Euskadi Ta Askatasuna desde que comenzó a matar en 1968 hasta 2011, fecha en la que la banda terrorista anunció el cese de la actividad armada.
El libro de Pedro Mari se centra en estos hechos, pero también cuenta cómo era la sociedad vasca en una época, conocida como los años de plomo, en la que se perpetraron atrocidades que luego reflejarían libros como Patria de Fernando Aramburu o He visto ballenas, el cómic de Javier de Isusi, que leí con interés. Pero eso sería después. En este momento tengo unos pocos años más que estos chavales que están escuchando a mi aitona en una clase del Colegio Sagrado Corazón de Madrid.
IV
El último día que vi con vida a mi hermano, en abril de 1980, hablamos del segundo atentado fallido que ETA había cometido contra su amigo José, al que todos conocíamos como Txiki. Le comenté que tuviera mucho cuidado. Le dije que extremara precauciones en la cuesta de Azcárate, camino por el que tenía que transitar cada mañana en su trayecto de Azcoitia a Elgoibar, donde teníamos la empresa. Ramón, de forma inocente, me contestó: “A mí en esa cuesta no me pillan, me conozco muy bien la carretera”. Una respuesta infantil. Aunque hay que tener en cuenta que durante esos primeros años del terrorismo no se tomaban demasiadas precauciones.
Al final de la conversación Ramón me deslizó la idea de que le estaban siguiendo. Un Renault 4L azul que unas veces conducía un desconocido y otras Basilio, aquel niño al que había salvado la vida y que ya era todo un hombrecito. Basilio no es su nombre verdadero, pero así lo cito en mi libro, que no tiene una intención delatora o de venganza. Mi hermano había tenido mucha curiosidad por observar la evolución de Basilio desde la muerte de su madre y su hermano. A su juicio, y con dolor, pudo constatar que la formación del niño no corría por los cauces adecuados.
Basilio se educó en una ikastola. Lamentablemente, algunas ikastolas (no todas, pero sí bastantes, quizás demasiadas) y algunos profesores (no todos, pero sí bastantes, quizás demasiados), participaban de la idea radical separatista y manipulaban las mentes de los estudiantes. Si a un muchacho le dices desde edades tempranas que los policías y los guardias civiles que ves por la calle son unos sinvergüenzas que les quieren arrebatar el territorio, les estas señalando unos enemigos en potencia. Si les dices que el encefalograma craneal de los vascos tiene unas connotaciones superiores, que si el RH negativo, que si los ocho apellidos vascos… Estás insuflando el virus del racismo. Como les decían algunos curas: “Hay que amar a todos, incluso a la Guardia Civil”. En los juegos infantiles los chicos salían corriendo al grito de “¡Español el último!”. Día a día, gota a gota, se convierten en fanáticos.
A Ramón no le sorprendió el día que pilló a Basilio realizando una pintada en su garaje que rezaba: “Morirás”. Ramón le cogió de la solapa y le espetó: “Me tendrás que matar bien muerto”. Basilio era solo un chiquillo y salió corriendo. Mi hermano no le creyó.
V
Me fijo en el semblante de los alumnos. Los adolescentes que antes se mostraban desconcertados ahora escuchan atentamente al señor mayor. Ni un movimiento, ni un solo ruido que perturbe el ambiente. Los profesores están tan inmersos en la historia como los jóvenes. Una vez Pedro Mari fue a mi instituto a dar su charla cuando yo era alumno. Mi profesor de filosofía accedió a regañadientes porque le quitaba tiempo de su lección magistral. Cuando terminó, el profesor asistió en primera fila a la siguiente charla. Ese era el poder de seducción de Pedro Mari.
La historia del asesino de mi tío abuelo impresiona siempre al público. Pasó doce años en la cárcel de los cuarenta y nueve a los que fue condenado. El día que salió, los radicales le hicieron un sentido homenaje. Basilio (voy a mantener el nombre que le dio mi abuelo en el libro) se retiró pronto. Tenía que regresar a dormir a la cárcel. Pedro Mari dice que sus compañeros debieron pensar: “¡Éste se ha acogido a las medidas de reinserción del estado opresor español!”. Para los radicales eso suponía claudicar. Así que esa misma noche el asesino de mi tío abuelo empezó a ser considerado un traidor. Ser un héroe consistía en estar en la cárcel o muerto. En ese mundo no se servía a la causa de otra forma.
Un periodista de Der Spiegel llamado Erwin Kock le realizó en 2001 una entrevista en su casa de Azcoitia.
— ¿Cómo te convertiste en asesino?
— Yo no soy un asesino. No soy un héroe. Soy normal. Maté por necesidad histórica; por responsabilidad ante el pueblo vasco, que es un pueblo magnífico, que tiene una cultura magnífica, que habla una de las lenguas más antiguas de Europa, que nunca fue vencido por los romanos ni por los visigodos ni por los árabes. Ese hombre formaba parte del aparato opresor, era conocido de Marcelino Oreja, el entonces ministro de Asuntos Exteriores del Estado español — contestó Basilio.
— ¿Estás arrepentido?
— Tuvo que ser así —dijo Basilio en voz baja pero clara—. Tuvo que ser así, no estábamos orgullosos, ni sentimos odio ni alegría — apuntilló mientras unas lágrimas brotaban de sus ojos grises.
VI
Ramón sale de su casa muy temprano, como todos los días. Hoy no es indispensable pasar por el puerto de Azcárate porque se ha construido un túnel, pero entonces no quedaba otra que subir y bajar esa accidentada cuesta. Ramón sube el puerto y se fija en que, a lo lejos, se divisa el Renault 4L que le tenía preocupado. Con el hombre que lo iba a matar al volante. No tendría ni 20 años recién cumplidos. “Hará el mismo recorrido que yo”, debe pensar Ramón. Al rato observa que el coche de Basilio deja la calzada principal y sube por un camino hacia la montaña. Un camino donde un mes antes había aparecido el cuerpo sin vida de un industrial de Elgoibar asesinado por ETA. Ramón se santigua y continúa su recorrido hacia el trabajo.
La jornada laboral transcurre tranquila. A mediodía se reúne con su cuadrilla para tomar unos txikitos, una costumbre lúdica que a mí también me gusta practicar. Lúdica cuando no nos tomamos cincuenta, claro. Come más tarde con el alcalde de Elgoibar, Jaime Arrese, que un mes después del atentado de mi hermano también será asesinado. Tras la comida, Ramón vuelve al trabajo y, al terminar la jornada, se monta en su coche dispuesto a volver con su familia.
Llueve. El cielo es de color azul oscuro. Enfrente de su tienda se topa con el Renault sin ocupantes. De forma instintiva, Ramón apunta en un papel el número de matrícula del coche, se lo guarda en el bolsillo y procede a subir de nuevo el puerto para la vuelta. La luna frontal está totalmente empañada por el temporal. Ramón observa con dificultad cómo le adelantan dos coches que le producen un gran sobresalto. Unos minutos más tarde, un coche que no distingue bien se coloca detrás a gran velocidad. Él le indica con el intermitente que le adelante, pero para su sorpresa el coche no solo no le adelanta, sino que se aproxima por detrás furiosamente. “A mí en esta cuesta no me pillan”. En la siguiente curva, muy pronunciada, se encuentra a dos personas que comienzan a disparar. Varias balas impactan en las ruedas y dos de ellas se alojan en su pecho. Da un volantazo y el coche se estrella contra un árbol en la cuneta.
VII
Pedro Mari abre el libro que lleva consigo por la página 136. Dice que va a dejar que sea Ramón el que cuente en primera persona el final del capítulo y lee. Su voz adquiere otro matiz. Ya no es la suya:
“El coche Renault 4 se detiene detrás del mío y Basilio baja de él con parsimonia. Su rostro está radiante. Parece recordar mis palabras: «Me tendrás que matar bien muerto». Su mano empuña una pistola de la marca de la casa: una 9 milímetros Parabelum. Camina con paso firme, seguro. Por fin va a demostrar que el trabajo de modelación que los intelectuales de la revolución vasca han realizado con él va a dar sus frutos. Basilio y sus compañeros de comando han decidido que yo no regrese a mi casa esta noche. Ni esta noche ni ninguna noche. Apunta fríamente el cañón de su pistola en mi sien y dispara con gesto de orgullo. Es 12 de mayo de 1980. Son las nueve de la noche. Llueve torrencialmente”.
Pedro Mari se emociona tras recitar la última línea. Se frota los ojos con el dorso de la mano. “Espero que lo comprendáis, era mi hermano”, dice. Siempre ocurre cuando lee este pasaje. El público a veces se queda callado y otras aplaude. Pedro Mari se quiebra y se recompone raudo como un gimnasta que intenta disimular el fallo. Supongo que no existe anestesia suficiente en el mundo para anular el dolor de perder así a un ser querido. La familia lo es todo para mi aitona. Viene de una estirpe de once hermanos y padres carlistas e industriales de Eibar. Ramón y él eran uña y carne. Tenían una relación especial. Los dos eran liberales y conservadoramente abiertos. Ambos regentaban la empresa de decoración familiar. Sin embargo, mi abuelo se marchó a la capital y Ramón, que ya estaba amenazado por ETA, se quedó. Una vez le dijo a mi abuelo: “Prefiero morir de hambre en mi tierra que hacerme rico en Madrid”.

VIII
Estaba yo en Madrid cuando le mataron. Tenía 400 kilómetros por delante hasta donde se encontraba el cuerpo sin vida de mi hermano. Durante ese recorrido en coche pasé por todos los estados de ánimo. El primero, el instinto animal, humano. La venganza. “Yo cojo una metralleta y me cargo a este, a ese y al de más allá”, me decía. Allí nos conocemos todos. Pero por ventura también tenemos el sentido racional y al final del trayecto había llegado a la conclusión de que si yo disparaba esa imaginaria metralleta iba a causar más daño que el recibido. Al llegar a Azcoitia mis hermanos y yo nos abrazamos pensando que teníamos que perdonar.
Yo, que hablo de paz, de perdón, de reconciliación, a veces me encuentro con algunos compañeros, víctimas también, que me lo reprochan. Las víctimas no eligen cómo pueden sentirse, ni si olvidan o perdonan. Si me encontrara cara a cara con Basilio, le agarraría del hombro y le diría: “Hola, soy el hermano de Ramón. Sólo quiero decirte que ni yo ni nadie de mi familia te va a matar a ti ni a ninguno de los tuyos. Puedes tener esa seguridad. Vive sin ningún temor la libertad que legítimamente disfrutas después de haber cumplido tu condena”. La democracia no puede combatir la violencia con sus mismas armas. No puede llenarse las manos de sangre. La democracia debe combatir la violencia con los instrumentos del Estado de Derecho, con la Constitución, con más democracia. Con la ley, con toda la ley, pero solo con la ley. Después de tantos años he aprendido que el odio es una mochila demasiado pesada para llevarla a cuestas.
Para acabar, quiero deciros algo: yo también soy vasco. La mayoría de los vascos somos personas honestas, campechanas, emprendedoras. Es mucho más difícil ser y decirse español en San Sebastián que en Madrid. Ser y decirse español le costó la vida a mi hermano y a muchos de mis amigos. Por eso os quiero pedir que, cuando analicéis las burradas que ha hecho esta gente, no nos mezcléis a los vascos con esto. Muchas gracias.
IX
Resuena un estruendoso aplauso. Los alumnos se arrancan a preguntar. A su edad les interesa más el conflicto personal que el político o el ideológico. Le preguntan cómo se sintió, cómo pudo ocurrir algo así entre familiares y amigos, qué tipo de condena le hubiera puesto él a Basilio si hubiera sido el juez. Pedro Mari responde que, si el propio afectado fuese el juzgador del delincuente, la sociedad estaría convocando los instintos más primarios del individuo, como la venganza, esa irracionalidad que la pondría al mismo nivel que el delincuente. Apostilla que él siempre renunciaría a juzgarlo, pero exigiría a los organismos judiciales la más estricta aplicación de las leyes del Estado de Derecho.
Varios alumnos y alumnas se acercan al finalizar la charla y le dan las gracias por su testimonio. Mi aitona ha vuelto a conseguir uno de sus objetivos: que recuerden el peligro de odiar al que piensa diferente. Salimos hacia el pasillo donde nos espera el director del Sagrado Corazón. Felicita a Pedro Mari y le recuerda que en cinco minutos tiene la segunda charla con los de tercero. Como los tenistas cuando terminan el primer set, se sienta en un banco, repone líquidos y mira a la nada. Tiene que sobreponerse del esfuerzo mental y emocional. Los del siguiente grupo se merecen la misma intensidad y energía.
Los chavales comienzan a llegar paulatinamente. Pedro Mari se coloca en el centro del aula. Escucho la voz de mi abuelo: “Mi hermano Ramón se encontraba en Azcoitia, a las puertas de la sucursal de nuestro pequeño negocio familiar de decoración. Se fijó en que venía una señora con dos niños: uno agarrado de su mano que llevaba una pelota y otro, apenas un bebé, en brazos…” Miro por la ventana. Nuestro Renault Megane sigue donde lo aparcamos. El día continúa soleado. No hay el más mínimo rastro de nubes. No llueve.
Un reportaje de Álvaro García-Dotor Baglietto
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