Un plató. Veinte personas se mueven de un lado para otro. Algunos buscan el mejor ángulo para grabar, mientras otros se ocupan de los últimos retoques de maquillaje. Todos conocen su función entre una maraña de cables, focos y pantallas. Y en el centro del caos, un dormitorio ordenado al detalle. La directora repasa el guion con los protagonistas. En lugar de diálogos, los actores ensayan posturas. La grabación va a ser a toma única, no puede haber ningún fallo. El equipo ocupa sus puestos y los actores se preparan. Las cámaras están a punto, la iluminación es perfecta. Los albornoces caen al suelo. Donde una película convencional cortaría, en el porno empieza el rodaje.
Pornografía. Sexo explícito o erotismo. Violencia o fantasía. Adicción o entretenimiento. Son términos que se utilizan para referirse a ella. La pornografía roza unos límites muy difusos entre la búsqueda de placer y planteamientos éticos, morales y legales. Y si se relaciona con internet el problema se acrecienta. En la red todo vale. No es fácil percibir los riesgos que se esconden detrás de la pantalla. La pornografía muestra relaciones sexuales irreales e idealizadas, alejadas de la cotidianidad. Como en cualquier película, se graban planos, contraplanos y pequeños trucos visuales. Cuenta con una preparación, una producción y una edición. En el porno también hay una persona sentada frente a una pared de pantallas que se ocupa de subir el sonido donde falla, cortar los tramos sin interés o decidir el orden de los planos.
El problema surge cuando la ficción se convierte en realidad. Mujeres hipersexualizadas, auge de plataformas de creación de contenido privado entre los jóvenes, aumento del número de cirugías estéticas genitales. El incremento de agresiones sexuales atribuidas a menores de edad. Para una parte de la opinión pública el acceso masivo y sin restricción a la pornografía es un problema grave. Todo el mundo ha oído alguna vez eso de que la imagen tiene un gran poder. Si eso es así, ¿qué sucede en un mundo mayoritariamente digitalizado poblado de imágenes explícitas? La voz de Olga Serrano suena decidida al teléfono cuando responde. La autora de la tesis Tecno-adicción al sexo en la población juvenil (2017) compagina su trabajo como profesora de Ciencias de la Comunicación con sus estudios sobre pornografía digital. Considera que la presencia de las TIC en todos los ámbitos de la vida cotidiana conlleva “un mundo ficcionado” en el que los conceptos verdad y verosimilitud se vuelven difíciles de distinguir.
¿Eres mayor de 18 años?
Los adolescentes consumen pornografía por primera vez a los 12 años y casi 7 de cada 10 (el 68,2%) la consumen de forma frecuente. Más de la mitad de los adolescentes se inspiran en los contenidos pornográficos para llevarlo a la práctica en sus propias experiencias. Para el 30% estos vídeos son su única fuente de información sobre sexualidad. El consumo de porno se produce en la intimidad (93,9%) y en el teléfono móvil y se centra en contenidos gratuitos online (98,5%), basados de manera mayoritaria en la violencia y la desigualdad. Así lo revela el informe (Des)información sexual: pornografía y adolescencia elaborado desde Save the Children.
¿Eres mayor de 18 años? Una simple casilla con la palabra sí separa al internauta de toda clase de contenidos explícitos. Una joven es espiada por su hermanastro en la ducha. Un hombre mayor paga a su vecina de 18 años a cambio de usarla como “un juguete”. Un universitario graba las relaciones sexuales que mantiene con una mujer sin su consentimiento. Se acusa a las páginas de pornografía de promover contenidos con violaciones de la intimidad sexual, sexo agresivo y mujeres sometidas. Se encuentran a medio camino entre la alegalidad y los intentos de regulación, la libre expresión y el tabú. En las primeras jornadas de pornografía y violencia sexual organizadas en la Universidad Rey Juan Carlos, la criminóloga Marta Sirviente expone su argumento desde detrás del atril. Dice que en el año 2020 encontró más de veinte millones de vídeos X que podrían considerarse delitos tipificados en el código penal de llevarse a la realidad. Mientras tanto, en la pantalla pasan desapercibidos.
Delante de una pared perfectamente blanca la cineasta Paulita Pappel sonríe con la confianza de quien está acostumbrado a trabajar con cámaras. Como coordinadora de intimidad se ocupa de asegurar el bienestar de los actores durante la grabación de escenas íntimas o de carácter sexual. Como directora se ha especializado en el denominado porno feminista. En este género la mujer no se considera un objeto de deseo sino un sujeto del mismo. No es el personaje pasivo de todos los planos ni su función se resume en ser complaciente. Lo que no quiere decir que la violencia quede excluida de sus tramas. Paulita Pappel considera que la mayoría de estudios sobre violencia en el porno incluyen prácticas sin tener en cuenta si es algo consensuado. “Hay que entender que la sexualidad es muy compleja, que nuestras fantasías y deseos sexuales pueden ser algo que no deseamos vivir en la realidad”, explica. En ese caso, ¿dónde deja el porno a la figura de la mujer? La cineasta afirma que hay un discurso que tacha a la pornografía de ser inherentemente sexista: “Siempre se supone que está hecha para una mirada masculina. Los pocos datos que tenemos indican que muchas mujeres disfrutan de estos contenidos”. Para ella es una visión que presupone que las mujeres no son sujetos sexuales que puedan disfrutar y decidir.
El porno influye en las prácticas extremas
PornHub fue la segunda plataforma de pornografía online más visitada a nivel global a finales de 2020. Se vio obligada a eliminar casi la mitad de sus contenidos por incluir vídeos con menores, violaciones o abusos y explotación sexual. Las plataformas permiten los contenidos, pero es la demanda de los usuarios la que los coloca en la cabecera. España ocupa el undécimo puesto en el ranking de consumo de PornHub. Para el sexólogo Raúl González existen diferencias entre lo que las personas buscan en sus relaciones sexuales y lo que las lleva a Internet. “En la pornografía se busca lo que pertenecería al imaginario, cosas con las que uno fantasea o incluso cosas prohibidas que no realizaría en su vida o sus relaciones habituales”, dice. Los índices de consumo anual de PornHub indican que en 2022 la categoría realidad ha ascendido un 169% en la lista de las más buscadas. Los vídeos presuntamente realizados por aficionados ganan cada vez más presencia en las plataformas mainstream. Los consumidores buscan un contenido con el que sentirse identificados, incluso un modelo a imitar. “La pornografía ha influido en que las prácticas más extremas, realizadas por especialistas —explica el sexólogo—, se lleven al terreno de la intimidad por presión social, a veces sin mucho conocimiento”.
González mantiene una postura relajadamente profesional. Su imagen aparece en la pantalla del ordenador, enmarcada en la interfaz del programa de videoconferencias. Realiza aclaraciones y ejemplifica en cada una de sus respuestas. No utiliza tecnicismos ni oraciones complejas. Dedicado durante años al campo de la educación especial, tiene tablas para que el mensaje llegue lo más claro posible. Esboza una sonrisa amigable cuando afirma que “la pornografía es ficción, un pacto entre actores y actrices, pero lo que aparece en las imágenes pertenece a la realidad”. Los mensajes nocivos sobre sexualidad no provienen de la pornografía online sino de un estigma social mucho más arcaico. Siempre ha existido el sexo y sus representaciones. La diferencia es que ahora se habla de ello con más naturalidad —“no siempre con más información”, añade—. Pero sigue siendo un tema tabú. Para Paulita Pappel el problema es que “tenemos un lastre muy fuerte de una moral sexual caduca. Nos han inculcado miedo. La-pornografía produce rechazo porque nos asusta la expresión sexual desinhibida, compleja y divertida”.
Mucho tiempo antes de estar considerados en un rango de edad apto para hablar sobre sexualidad, la curiosidad de los niños despierta. De acuerdo con los informes recogidos en la propuesta de Ley Orgánica para restringir el acceso a menores de 16 años a la pornografía, un cuarto de los jóvenes tiene el primer contacto con el porno entre los 7 y 9 años. A los 14 el consumo se generaliza. “El problema no es la pornografía en sí, sino también el medio de transmisión y sus características”, puntualiza Olga Serrano. La profesora de Ciencias de la Comunicación ha centrado gran parte de su trabajo como investigadora en el estudio de las TIC. Afirma que estas tecnologías colocan el entretenimiento por delante de todo, fomentando el deseo de contenidos cada vez más fuertes y enfrentando a los menores a imágenes muy severas que no están preparados para comprender. Supone, para muchos niños y adolescentes, una primera fuente de aprendizaje sobre un tema del que conocen la existencia pero que ningún adulto se atreve a introducirles. Estas películas se convierten en el referente sobre el que construir una sexualidad basada en expectativas irreales, normalización de situaciones de violencia y relaciones contrarias al respeto, el consentimiento y el placer compartido.
Los adolescentes no aprenden sexo, sino porno
Una investigación realizada por Serrano en diferentes centros educativos de la Comunidad de Madrid determinó que la mayoría de las encuestadas se habían enfrentado durante sus relaciones a conductas con las que no se sentían cómodas y que ellas percibían como violentas. “Los jóvenes pueden llegar a entender que la pornografía no es beneficiosa —añade la investigadora—. Sin embargo, no reconocen la violencia en estos comportamientos cuando se trata de sus propias relaciones”. Los resultados del estudio fueron claros. No aprenden sobre sexo, sino sobre porno. Para Olga Serrano, los términos están muy confundidos: “Desaparece el romanticismo y aparecen todas las prácticas duras de la pornografía. Piensan que hacen lo correcto porque están siguiendo los cánones que les indica su referente para ese momento”. En este sentido, tanto los expertos como la Fiscalía consideran que podría existir relación entre el auge de aparición del fenómeno de las llamadas manadas en los jóvenes y el consumo masivo e irresponsable de pornografía. Según el Ministerio del Interior, uno de cada cuatro delitos sexuales múltiples está cometido por menores.
La pornografía se considera contenido no apto para menores de 18 años. Sin embargo, mientras que la atención se centra en restringir el alcohol, el juego o el tabaco, en Internet no hay límites. Desaparece la barrera entre la mayoría y la minoría de edad. Los gigantes de la industria se niegan a introducir comprobaciones efectivas de edad. Borran toda presencia de público menor en sus índices, pero enfocan parte de su publicidad en atraerlos. Saben que son el objetivo más susceptible. Existen leyes, pero parecen no aplicarse. Internet opera desde la política del libre mercado con escasas normas que lo regulen. La normativa europea libera las grandes plataformas de toda responsabilidad civil o penal sobre los contenidos subidos por usuarios independientes. Y las plataformas se aprovechan de ese tecnicismo para sortear los límites. En muchos casos la normativa europea ni siquiera exige documentación que acredite que las personas que aparecen en los vídeos son mayores de edad. Las medidas respecto a la restricción de acceso a menores se limitan a exigir la publicación de un mensaje de advertencia. Una actuación más tajante podría considerarse una violación de los principios liberales de Internet. Censura. Sin embargo, Países como Francia, Reino Unido o Australia ya se plantean la implantación de decretos más restrictivos. En mayo de 2023, España se unió a la lista con una proposición de Ley Orgánica para reforzar la restricción del acceso a menores de 16 años. Se plantea la posibilidad de establecer un marco penal alrededor de aquellas plataformas que incumplan los mecanismos de control. Mientras tanto, el Gobierno propone un sistema de educación afectivo-sexual que no se ha llegado a implantar.
Los expertos coinciden en que la primera fase para llegar a una solución pasaría por una educación afectivo-sexual adaptada a cada etapa. El sexólogo Raúl González recuerda que la sexualidad forma parte de la condición humana. Estamos programados para el mantenimiento de la especie. “La educación sexual enseña a las personas a desarrollar su sexualidad de manera sana, libre y satisfactoria”, dice. Y argumenta: “Alguien que entiende la manera en que convivimos y nos relacionamos percibirá la pornografía como algo que puede ver en un momento dado para obtener excitación, pero comprendiendo lo que ve y no tomándolo como referencia”. Según Paulita Pappel, el mensaje alarmista contra la pornografía es contraproducente e impide explorar “el gran potencial de las representaciones explícitas de sexualidad y diversidad”. En su lugar, opina que crear conciencia sobre un consumo ético y consciente de la pornografía podría ayudar a cambiar la visión sobre ella y, de paso, a la propia industria. “De lo que se debería hablar es de la falta de recursos educativos”, añade. La pornografía es una realidad que no va a desaparecer, concluye la profesora Olga Serrano. Falta información para comprenderla. Pero, además, señala, tampoco existe educación audiovisual en las primeras etapas formativas de los menores que les ofrezca herramientas para interpretar de una manera crítica las imágenes que desbordan un mundo eminentemente digital.
Corten. Con una palabra vuelve a aparecer el barullo en el plató. Los actores se despiden con dos besos y se retiran a asearse. El equipo lleva de un lado para otro todo lo que antes había colocado escrupulosamente. Han sido seis horas intensas de rodaje. Después de los cortes, la selección de planos y el montaje, quedarán unos treinta minutos de película en total. Las cámaras, los micrófonos y la maraña de cables se ocultan en el interior de bolsas y cajas de todos los tamaños. Desaparecen reflectores, percheros y pantallas. Queda un único foco olvidado alumbrando lo que fue el centro del set. En unos minutos, el plató está vacío. Ha vuelto a convertirse en un simple loft de dos habitaciones con cocina americana. No queda rastro de la grabación más allá de un par de cajas que esperan a que alguien las cargue. El foco se apaga: ha terminado el rodaje.
Un reportaje de Ainhoa Álvarez Córdoba
Imagen generada con la IA de Bing





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