— No estás escribiendo…
— Estoy con mi tren. ¿Te gusta? Lo acabo de comprar.
— ¿Y desde cuando no escribís nada?
— Desde que estuve de viaje.
— Quizás ya no tengas nada que decir. Mira. Aquí te marqué varios trabajos posibles.
— No necesito que me busques trabajo. Estoy bien así. Soy poeta.
— ¿Qué oficio es ser poeta? ¿Dónde pone aquí «se busca poeta, buena remuneración»?
Este corte de la película El lado oscuro del Corazón, dirigida por Eliseo Subiela a principios de los noventa, ilustra a la perfección la vida del escritor. Más que una profesión es una forma de estar en el mundo. Lejos de oropeles, fastos literarios o tertulias bohemias y combates épicos con las musas, la mayoría de las veces el escritor enfrenta sus ambiciones creativas con la realidad de llevar el pan a la mesa.
Juanma Ruiz es poeta. De pequeño ya le gustaba escribir y en el instituto descubrió la poesía. Tachaba el doble de lo que escribía. Si algo sobrevivía a la criba era solo para ser arrojado a la papelera unos días después. En los últimos años de instituto empezó a componer algunas piezas que no le daban tanta vergüenza y algún poema conseguía llegar al cajón en vez de a la basura. En esa época tan conflictiva que es la adolescencia y la juventud escribir se convirtió en su refugio. Entre poema y poema llegó a la universidad. Estrenó el Campus de Fuenlabrada de la Universidad Rey Juan Carlos en la primera promoción de Comunicación Audiovisual. Los trozos de papel mal arrancado se iban acumulando en el viejo cajón del escritorio y, al terminar la carrera, Juanma Ruiz decidió que ya era hora de hacer algo con tanto verso.
Para él la escritura es algo más que vender libros. Tiene cierto componente terapéutico, de reflexión, que ayuda a darle forma al mundo. “Estar tú solo delante del papel o la pantalla —dice— y poner en orden tus ideas y tachar y reescribir tiene un punto de encuentro con uno mismo”. Escribir es algo más que un hobby para Ruiz, aunque decir que es escritor o poeta le sigue dando mucho pudor. Considera que ser poeta es una etiqueta que te tienen que poner otros. No todo el que escribe versos es poeta. El pudor se multiplica cuando sus libros de poesía son su “ocupación terciaria”. Como la mayoría de escritores, ser profesor y crítico de cine son sus verdaderos trabajos. Según un estudio realizado por la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE) en 2019, recogido en el Libro Blanco del Escritor, el 83,6% de los escritores no se dedica únicamente a escribir libros y el 77,2% recibe menos de 1.000 euros de ingresos por derechos de autor al año. La gran mayoría no pueden vivir únicamente de escribir. Necesitan compaginarlo con otros trabajos, siendo los más comunes profesor, funcionario y periodista.
La parte buena de no tener que vivir de escribir es que permite ser totalmente libre en el tiempo que se le dedica. Escribir solo cuando se está en el momento creativo idóneo para producir. “Puedo pasarme varias semanas sin escribir y que en un día me salgan dos o tres poemas buenos”, reconoce. Para otros géneros la disciplina es necesaria. Hay que sistematizar el trabajo para encontrar a la musa. Pero la poesía es elusiva. Ruiz afirma que alguna vez se ha forzado a escribir, pero nota que lo que sale no es tan bueno. Hay que tachar mucho, escribir mucho, leer mucho y reescribir mucho para producir algo. Escribir es un proceso lento que no deja hueco para la autocomplacencia.
La cantidad de horas invertidas no suelen traducirse en una recompensa económica. La mayoría de la gente que compra sus libros es gente que conoce personalmente. Por cada lector nuevo que se para a hojear su libro en una presentación, hay cinco o seis amigos o familiares que han acudido a apoyar. Para Ruiz la presentación de un libro es un momento clave. Juegan un papel fundamental en la difusión inicial de la obra. Es un evento para “celebrar que esa obra ha nacido”. Puede ser en un café, en una librería o cualquier otro lugar. “Lo importante es que ayuda a sentir que no das voces en el desierto —reconoce—, que lo que haces tiene un sentido». Las presentaciones son actos donde, además de que el autor se sienta arropado por los suyos, el libro puede alcanzar a nuevos lectores que se interesen por la obra. También son un escaparate de venta para las librerías que, para sobrevivir, se han visto obligadas a transformarse en espacios de divulgación cultural donde se organizan eventos y actividades en torno a los libros. Cada vez se publica más. Y esto, que podría entenderse como una bendición cultural, parece no serlo. Se habla de burbuja editorial como se hablaba de burbuja inmobiliaria. Se publica a un ritmo de diez libros por hora. Más de 90.000 títulos al año. Esto provoca una mayor rotación en las librerías, una menor exposición de las obras y una saturación en los lectores que no pueden seguir el ritmo de publicación. Los libreros pasan más tiempo ordenando libros que recomendando nuevas lecturas.
A la hora de publicar una obra hay varias formas posibles de hacerlo. Lo común es someterse al circuito editorial. O bien la editorial encarga un proyecto a un autor o bien el autor va a la editorial con un proyecto que quiere publicar. En estos últimos años, gracias a plataformas como Amazon, la autoedición se presenta como una opción igual de válida que la convencional. Y en algunos casos incluso como una opción mejor. Muchos autores optan por este camino porque permite mayor libertad y control sobre la obra. Es el caso de Carlos Lozano, que es escritor, como Juanma Ruiz, pero también es periodista, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos y director del Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias de la misma. Cuando puede escribir, escribe. “Como el que sale a correr o sale a caminar —afirma—, es algo que me va acompañando desde siempre”. Como investigador de Ciencias de la Comunicación ha publicado varias obras, pero sin el cariño que pone a su proyecto literario de autopublicación, que ha denominado La Contracorriente del Golfo. Compuesto de cinco novelas, tres publicadas y dos por publicar, que tienen como nexo de unión historias en las que se salta de uno a otro lado del Atlántico, de Europa a América y de ésta a aquélla, quizás porque Lozano nació en México.
Comenzó esta aventura literaria en 2018. En ella se implica de inicio a fin en el proceso de publicación. Desde la escritura hasta el marketing, pasando por la maquetación. Lozano considera que la clave para que este tipo de proyectos editoriales funcione es que el resultado final se pueda medir de tú a tú con el mejor libro de cualquier editorial convencional. La única diferencia será que uno de los libros publicados ha pasado por el circuito y el otro no. “Aquí está mi libro, compáralo —comenta desafiante—, si tienen la misma calidad se ha cumplido el objetivo”. La posible mala calidad de los libros supone una gran barrera para los lectores a la hora de comprar obras autopublicadas. Los pocos o nulos filtros que tienen sitios web como Amazon permiten que todo entre sin distinción alguna, desde el PDF más zarrapastroso rescatado del fondo del último cajón hasta la posible obra de un nuevo Shakespeare del siglo XXII. Por desgracia, estos últimos son los casos menos probables. Para Lozano la autopublicación tiene que ser un proyecto muy serio, donde el autor esté rodeado de muchos profesionales para conseguir una buena portada, una corrección ortotipográfica de calidad y una maquetación que esté al nivel de cualquier obra de una librería. Sin eso, apostilla, más que un libro se conseguirá “una amalgama de letras”. Los autores no están exentos de riesgos en este proceso de publicación. Los servicios editoriales de autopublicación no son baratos. La distribución es un coste adicional del que se tiene que encargar el autor y es necesario invertir mucho tiempo en realizar campañas de marketing digital para darle visibilidad a la obra. Lo más probable es que el autor pierda dinero en vez de generarlo y que, pese al esfuerzo, la obra pase totalmente inadvertida.
Nunca se ve con buenos ojos al que está fuera del sistema, especialmente cuando lo que hacen pone en riesgo el propio sistema. La imagen que se tiene de los autores que autopublican es la de “gente que no hace bien las cosas”. Gente que se salta los pasos preestablecidos que hay que dar para ser escritor. “Desde fuera se le presupone a la industria editorial una profesionalización y unos métodos que la autoplublicación no tiene —afirma Lozano—, pero lo que hay que hacer es profesionalizarse fuera del sistema”. Una de las grandes virtudes de estos tiempos que corren es que el acceso a la creación está al alcance de todo el mundo.
Oscar Prieto tiene una opinión muy distinta a la de Carlos Lozano. Trabaja en la sección de Relaciones Internacionales de la URJC y tiene una amplia formación académica: derecho, historia, filosofía… Sus primeros pasos en el mundo de la escritura fueron a raíz de una apuesta con un amigo. “Nos lo jugamos a que no presentaba una novela a un concurso y lo gané”, reconoce con una sonrisa. Esa fue su primera obra. La publicó con 21 años y desde entonces ha seguido escribiendo y publicando. Escribir es la mejor manera que ha encontrado de llenar el tiempo y de expresar sus emociones y vivencias, desde los besos que ha dado hasta las juergas que ha vivido. La escritura es su forma de estar en la vida.
Prieto considera “innegociable” modificar su obra para que encaje en las demandas de una editorial. En la última de ellas, Y por eso el príncipe no reinó, publicada en 2022, algunas editoriales le pedían eliminar el primer capítulo para poder publicarla. “Cuando uno escribe lo que le da la gana, lo que le sale —argumenta—, el resultado es mejor, más real”. Pese a las exigencias de las editoriales y las dificultades de encontrar una con la que trabajar, Prieto considera imprescindible que el libro pase por el sistema editorial. La autopublicación no es una opción siquiera planteable para él. “Sin una editorial potente detrás no tienes distribución —dice—, sin distribución el libro no está en las librerías y si no está en las librerías el libro no se ve”. La considera una opción respetable, aunque asegura que no autoeditaría “ni un poema”.
Pese a tener vocación docente, Prieto decidió dejarla a un lado para poder escribir. Trabajar como profesor en la universidad implica investigar y publicar además de dar clases, corregir trabajos, tutorías… No se veía capacitado para compaginar la enseñanza con la escritura. Cambió el trabajo de profesor por el de administrativo para poder enfocarse en sus libros. “Yo vengo aquí por el sueldo —afirma sincero—. Creo que si comparo el tiempo que le he dedicado a un libro con el dinero que he sacado por él, la hora no me sale ni a céntimos”.
Ana González lo ha conseguido. Dice que es de esas personas que siempre ha escrito. Publicó varios poemarios y ganó el premio de Poesía Nacional Félix Francisco Casanova en 1994. Pero la vida la alejó de las letras para llevarla por el camino de la medicina. En 2008, en pleno boom de los blogs, decidió comenzar el suyo contando su experiencia en la residencia en la que trabajaba como anestesista. Su blog tenía una media de 10.000 visitas por día. Dio con un filón. Tras el éxito inesperado, la editorial Nowtilus se interesó por su blog y le ofreció publicar una novela siguiendo el mismo estilo de comedia romántica. En 2012 publicó El Blog de la doctora Jomeini. En ese momento pensó que sí que se podía vivir de escribir. “Me vi en la Casa del Libro de Gran Vía, en la feria del libro, en Sant Jordi — recuerda emocionada —, pero luego me llegó la liquidación de la editorial y me di cuenta de que no podía mantenerme solo de eso”. Pero estaba en la cresta de la ola, en el momento indicado y en el lugar indicado. Decidió probar con la autopublicación y lanzó un crowdfunding. Al fin y al cabo, pensó, ella era la que tenía la audiencia: ¿por qué no saltarse el paso intermedio?
Se dio un plazo de tres años para intentarlo. Comenzó a estudiar marketing digital y a escribir “a tope”. Dos meses después de lanzar la iniciativa de mecenazgo había conseguido cubrir los gastos y empezar a ingresar dinero. Podía vivir de escribir. González considera que la clave para ello es tener un pie en cada mundo. Por una parte, es necesario publicar en editoriales, acudir a eventos y tener distribución en librerías para darse a conocer. Por otra parte, autopublicar permite engrosar el catálogo, contar con obras que no se retiran del mercado y aumentar los ingresos al ganar más del 10%, en el mejor de los casos, que ofrecen las editoriales. Es necesario aprovechar lo mejor de las dos opciones. “Al principio tocas tú a la puerta de las editoriales, pero luego como ven que vendes, son ellas las que te contactan preguntando si tienes algo —afirma, y continúa:— es una ventaja el poder elegir. Yo le he podido decir a editoriales que no porque yo vendo más por mi cuenta”.
Aunque podría vivir únicamente de lo que genera con sus obras, piensa que tener poner todos los huevos en la misma cesta no es la mejor idea. Compagina la escritura con un trabajo como copywriter para una revista de medicina, añade a sus ingresos las clases que da en un máster de escritura en la Complutense, tiene una empresa dedicada a la producción editorial, un podcast dedicado a la escritura y sus blogs sobre escritura. “Pero no porque no pueda vivir de esto —cuenta entre risas—, es que soy un culo inquieto”.
Vivir de escribir es algo al alcance de muy pocos. Ana Gonzalez afirma que para tener unos ingresos decentes, se necesita vender más de 30.000 ejemplares al año y disponer de un mínimo de veinte libros en tu catálogo, unas cifras complicadas de alcanzar cuando, como destacaba el año pasado un artículo publicado en La Razón, el 86% de los títulos que se ofrecen vende más de cincuenta ejemplares y solo el 0.1% vende más de 3.000. Es necesario buscar otras maneras y otras vías para poder monetizar las obras y los procesos creativos. Hasta un superventas de España como Juan Gómez-Jurado tiene sus intervenciones en medios de comunicación y podcasts.
Carlos Lozano considera que la clave no está en cómo vivir de escribir, si no cómo vivir escribiendo: “Es como ver un partido del Real Madrid y otro de un equipo de segunda B. Que estén en categorías diferentes no significa que los partidos del de segunda no puedan ser partidazos”. No hace falta ser un superventas para ser escritor. Qué importa si el título de este reportaje (Se busca escritor: buena remuneración) no dejará nunca de ser una ironía. Al fin y al cabo, como dice Oscar Prieto, escribir es una manera particular “de estar en el mundo”. O dicho de un modo literario: de soñar el mundo. Carlos Lozano lo redondea de una manera perfecta, porque es escritor: “De profesor vivo, de escritor sueño”.
Un reportaje de Juanma Díaz
Imagen generada con DALL·E 2





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